Mañana, mañana clara: ¡si fuese yo quien te amara! Paso a paso en tu ribera, yo seré quien más te quiera.
Hacia toda tu hermosura mi palabra se apresura. Henos sobre nuestra senda. Déjame que yo te entienda.
¡Hermosura delicada junto al filo de la nada! Huele a mundo verdadero la flor azul del romero.
¿De tal lejanía es dueña la malva sobre la peña? Vibra sin cesar el grillo A su Paciencia me humillo.
¡Cuánto gozo a la flor deja Preciosamente la abeja! Y se zambulle, se obstina la abeja. ¡Calor de mina!
El grillo ahora acelera su canto. ¿Más Primavera? Se pierde quien se lo pierde. ¡Qué mío el campo tan verde!
Cielo insondable a la vista: amor es quien te conquista. ¿No merezco tal mañana? Mi corazón se la gana.
Claridad, potencia suma: mi alma en ti se consuma.
Bajo lluvia de fuego
Jamás cesó ni ha de cesar la lluvia que es fuego material para martirio del alma y de la carne rediviva. Los pies del condenado nunca cesan de avanzar por su circulo arenoso con movimiento que ha de ser eterno, eterno en sucesiones temporales de persistencia siempre tan monótona como si fuese un tedio aún terrestre. Los condenados, mientras, descomponen su eternidad en ademanes, gritos. Tal pormenor alivia el inflexible retorno: seca noria que no mueve ya nada, nada, nada, nada, nada. ¿Lograrán conocerse aquellos hombres, diferenciarse con fisonomías? ¿Sabrán que aquel antiguo, tan ilustre, es Brunetto Latini? Cae la lluvia, quema, se queman cuerpos y memorias, que resisten, persisten.
Un reciente fogueado -reciente en aquel tiempo sin fechas, sin mudanzas, sin historia- trae su novedad al territorio del ardor. Le pregunta el compañero que con él va avanzando. Sin pararse responde, se descarga. -Me es difícil hablar así. Me figuré en la Tierra que la vida era sólo mero objeto de mi desdén, muy superior al mundo. Yo me creía preferible a todo, a todos, menos… Tú ya me comprendes. Somos iguales en instinto y gusto los acampados, ay, sobre esta arena. ¿Dónde están Coridón, Alexis, tantos perfiles juveniles de hermosura? Pequé. Pecamos. Yo no me arrepiento. (Y la lluvia arreciaba, sofocaba, y dolían quemándose los brazos, el rostro. Continuó.) Tal vez ahora principio a ver con claridad mis límites, y no de mi conducta, placentera, sí de mis opiniones, falsas.
-¿Falsas? (El otro interrumpió, casi irritado.) -¿Qué supimos nosotros de la vida, de su impulso esencial, de su profunda fluencia ? Ignoramos el gran acto creador, que a sí mismo se trasciende. Nada supimos de la criatura: como la realidad más invasora se impone a los viriles más viriles. Creímos que esos vínculos de sangre no eran sino ridículas y débiles flaquezas de burgués. También el toro, no has olvidado su esplendor, se afirma: móvil paterno. -¿Todos (dijo el otro) habíamos de ser fecundos? Para ciertos hombres es senda inconcebible. -No entendimos el río bajo el sol, y quedamos al margen, en la sombra más exquisita, como estetas -dicen- adictos a la imagen más que al bulto real, por eso descalificado. -¿Fuiste sin duda artista?
-Melancólico, perdido en los paseos laterales de mi jardín, y siempre disconforme con orgullo que ahora se revela, a esta distancia, vano. Siempre somos, y con todo candor, adolescentes, Onán multiplicado por Narciso. !Si se pudiese ahondar esa tercera dimensión del espejo: yo más yo! El otro, juvenil, es uno mismo. -¿Y te quejas? -De nada me arrepiento. El placer y el dolor nos conducían a la muerte. -Nos deleitó ese curso de efusiones : una cruel delicia con alusión a sangre derramada. -San Sebastián, el bello adolescente bajo flechas. -Por eso (dijo el otro) se goza aquí también entre las llamas. Los compañeros sufren: espectáculo para auditorio cómplice en tortura. -No miro a los demás. Es una pena que no concluye nunca. No la entiendo. -Ni tú ni nadie. Nuestra eternidad de aflicción es congoja de la mente, ay, quizá la mayor sobre esta arena.
Y callaron los dos. Los condenados seguían presurosos y sin fines bajo flechas : las flechas de una lluvia que jamás cesaría. ¿Fuego absurdo? Iban los pecadores avanzando con desesperación ante el enigma. -¿Y para qué, para qué, para qué?