Pleno amor

Pleno amor

¿Amor envuelve en las formas de un viento? Se transfigura bajo un viento nuestro abrazo: concentrándose está en lucha. Triunfo habrá para los dos, gocémonos. ¡Oh, no hay burla contra la fe ya animal de toda la criatura! Desaparece la estancia. Una luz de anhelo y súplica crea un ámbito al amor con muros de sombras juntas. Infinita, sí, trascurre la noche. Pero se ajusta -con la precisión de un mundo soñado por la absoluta claridad- a este clarísimo destino: nuestra ventura. Y la ventura despacio va confiándose -nunca más estrellas en el cielo- a una pesadumbre suya. Mientras -la carne es también alma, reina tu blancura- un ritmo acoge y acrece la obstinación -¡qué profunda masa tanta noche en vela!- de esta casi calentura, de este buen ardor. Palpitan, humildemente nocturnas, las estrellas como si regalasen una luna de paz. Paz en la verdad.

II En la verdad. Y se anuncia lo más fabuloso. ¿Tumba para una resurrección, para llegar a ser pluma casi indistinta del aire, aire sobre el mar, espuma que fuese nube en un cielo con voz de mar? No hay más ruta que este más allá mortal: vértigo de una dulzura que de más vida en más vida se atropella, se derrumba, -¡llega a tal embriaguez el ser que desde su altura conspira al derrumbamiento!- y va a la noche desnuda con un ansia de catástrofe, o de postrer paz, en fuga final ¿hacia qué reposos, qué aplanamientos, qué anchuras? ¿O hacia la aniquilación desesperada? Concluya, concluya tanta inminencia. Todo se confía -nunca más estrellas en el cielo– a su pesadumbre muda, fatal.

¡Sea!

Fatalmente puede más que yo la angustia que me entrega a la catástrofe, -todo conmigo sucumba- que no será… que no es una catástrofe -¡brusca perfección!- por más que abdique, y se desplome y se hunda -amor, amor realizado- el alma en su carne: puras.