Cada aurora -nos dicen- maquina maravillas capaces de torcer la más terca fortuna; hay pisadas humanas que han medido la luna y el insomnio devasta los años y las millas.
En el azul acechan públicas pesadillas que entenebran el día. No hay en el orbe una cosa que no sea otra, o contraria, o ninguna. A mí sólo me inquietan las sorpresas sencillas.
Me asombra que una llave pueda abrir una puerta, me asombra que mi mano sea una cosa cierta, me asombra que del griego la eleática saeta
instantánea no alcance la inalcanzable meta, me asombra que la espada cruel pueda ser hermosa, y que la rosa tenga el olor de la rosa.
El mar
Antes que el sueño (o el terror) tejiera mitologías y cosmogonías, antes que el tiempo se acuñara en días, el mar, el siempre mar, ya estaba y era.
¿Quién es el mar? ¿Quién es aquel violento y antiguo ser que roe los pilares de la tierra y es uno y muchos mares y abismo y resplandor y azar y viento?
Quien lo mira lo ve por vez primera, siempre. Con el asombro que las cosas elementales dejan, las hermosas
tardes, la luna, el fuego de una hoguera. ¿Quién es el mar, quién soy? Lo sabré el día ulterior que sucede a la agonía.
De “El otro, el mismo”
El oro de los tigres
Hasta la hora del ocaso amarillo cuántas veces habré mirado al poderoso tigre de Bengala ir y venir por el predestinado camino detrás de los barrotes de hierro, sin sospechar que eran su cárcel. Después vendrían otros tigres, el tigre de fuego de Blake; después vendrían otros oros, el metal amoroso que era Zeus, el anillo que cada nueve noches * engendra nueve anillos y éstos, nueve, y no hay un fin. Con los años fueron dejándome los otros hermosos colores y ahora sólo me quedan la vaga luz, la inextricable sombra y el oro del principio. Oh ponientes, oh tigres, oh fulgores del mito y de la épica, oh un oro más precioso, tu cabello que ansían estas manos.
East Lansing, 1972
El reloj de arena
Está bien que se mida con la dura Sombra que una columna en el estío Arroja o con el agua de aquel río En que Heráclito vio nuestra locura El tiempo, ya que al tiempo y al destino Se parecen los dos: la imponderable Sombra diurna y el curso irrevocable Del agua que prosigue su camino. Está bien, pero el tiempo en los desiertos Otra substancia halló, suave y pesada, Que parece haber sido imaginada Para medir el tiempo de los muertos. Surge así el alegórico instrumento De los grabados de los diccionarios, La pieza que los grises anticuarios Relegarán al mundo ceniciento Del alfil desparejo, de la espada Inerme, del borroso telescopio, Del sándalo mordido por el opio Del polvo, del azar y de la nada. ¿Quién no se ha demorado ante el severo Y tétrico instrumento que acompaña En la diestra del dios a la guadaña Y cuyas líneas repitió Durero? Por el ápice abierto el cono inverso Deja caer la cautelosa arena, Oro gradual que se desprende y llena El cóncavo cristal de su universo.
El remordimiento
He cometido el peor de los pecados que un hombre puede cometer. No he sido feliz. Que los glaciares del olvido me arrastren y me pierdan, despiadados.
Mis padres me engendraron para el juego arriesgado y hermoso de la vida, para la tierra, el agua, el aire, el fuego. Los defraudé. No fui feliz. Cumplida
no fue su joven voluntad. Mi mente se aplicó a las simétricas porfías del arte, que entreteje naderías.
Me legaron valor. No fui valiente. No me abandona. Siempre está a mi lado La sombra de haber sido un desdichado.
El sueño
Si el sueño fuera ( como dicen ) una tregua, un puro reposo de la mente, ¿por qué si te despiertan bruscamente, sientes que te han robado una fortuna? ¿Por qué es tan triste madrugar? La hora nos despoja de un don inconcebible, tan íntimo que sólo es traducible en un sopor que la vigilia dora de sueños, que bien pueden ser reflejos truncos de los tesoros de la sombra, de un orbe intemporal que no se nombra y que el día deforma en sus espejos. ¿Quién serás esta noche en el oscuro sueño, del otro lado de su muro?
Elogio de la sombra
La vejez (tal es el nombre que los otros le dan) puede ser el tiempo de nuestra dicha. El animal ha muerto o casi ha muerto. Quedan el hombre y su alma. Vivo entre formas luminosas y vagas que no son aún la tiniebla. Buenos Aires, que antes se desgarraba en arrabales hacia la llanura incesante, ha vuelto a ser la Recoleta, el Retiro, las borrosas calles del Once y las precarias casas viejas que aún llamamos el Sur. Siempre en mi vida fueron demasiadas las cosas; Demócrito de Abdera se arrancó los ojos para pensar; el tiempo ha sido mi Demócrito. Esta penumbra es lenta y no duele; fluye por un manso declive y se parece a la eternidad. Mis amigos no tienen cara, las mujeres son lo que fueron hace ya tantos años, las esquinas pueden ser otras, no hay letras en las páginas de los libros. Todo esto debería atemorizarme, pero es una dulzura, un regreso. De las generaciones de los textos que hay en la tierra sólo habré leído unos pocos, los que sigo leyendo en la memoria, leyendo y transformando. Del Sur, del Este, del Oeste, del Norte, convergen los caminos que me han traído a mi secreto centro. Esos caminos fueron ecos y pasos, mujeres, hombres, agonías, resurrecciones, días y noches, entresueños y sueños, cada ínfimo instante del ayer y de los ayeres del mundo, la firme espada del danés y la luna del persa, los actos de los muertos, el compartido amor, las palabras, Emerson y la nieve y tantas cosas. Ahora puedo olvidarlas. Llego a mi centro, a mi álgebra y mi clave, a mi espejo. Pronto sabré quién soy.
Elvira de Alvear
Todas las cosas tuvo y lentamante Todas la abandonaron, La hemos visto Armada de belleza. La mañana Y el arduo mediodía le mostraron, Desde su cumbre, los hermosos reinos De la tierra. La tarde fue borrándolos. El favor de los astros (la infinita Y ubicua red de causas) le había dado La fortuna, que anula las distancias Como el tapiz del árabe, y confunde Deseo y posesión, y el don del verso, Que transforma las penas verdaderas En una música, un rumor y un símbolo, Y el fervor, y en la sangre la batalla De Ituzaingó y el peso de laureles, Y el goce de perderse en el errante Río del tiempo (río y laberinto) Y en los lentos colores de las tardes. Todas las cosas la dejaron, menos Una. La generosa cortesía La acompañó hasta el fin de su jornada, Más allá del delirio y del eclipse, De un modo casi angélico. De Elvira Lo primero que vi, hace tantos años, Fue la sonrisa y es también lo último.
Everness
Sólo una cosa no hay. Es el olvido. Dios, que salva el metal, salva la escoria y cifra en su profética memoria las lunas que serán y las que han sido
Ya todo está. Los miles de reflejos que entre los dos crepúsculos del día tu rostro fue dejando en los espejos y los que irá dejando todavía.
Y todo es una parte del diverso cristal de esa memoria, el universo; no tienen fin sus arduos corredores
y las puertas se cierran a tu paso; sólo del otro lado del ocaso verás los Arquetipos y Esplendores.
Final del año
Ni el pormenor simbólico de reemplazar un tres por un dos ni esa metáfora baldía que convoca un lapso que muere y otro que surge ni el cumplimiento de un proceso astronómico aturden y socavan la altiplanicie de esta noche y nos obligan a esperar las doce irreparables campanadas. La causa verdadera es la sospecha general y borrosa del enigma del Tiempo; es el asombro ante el milagro de que a despecho de infinitos azares, de que a despecho de que somos las gotas del río de Heráclito, perdure algo en nosotros: inmóvil.
Haiku
1 Algo me han dicho la tarde y la montaña. Ya lo he perdido.
2 La vasta noche no es ahora otra cosa que una fragancia.
3 ¿Es o no es el sueño que olvidé antes del alba?
4 Callan las cuerdas. La música sabía lo que yo siento.
5 Hoy no me alegran los almendros del huerto. Son tu recuerdo.
6 Oscuramente libros, láminas, llaves siguen mi suerte.
7 Desde aquel día no he movido las piezas en el tablero.
8 En el desierto acontece la aurora. Alguien lo sabe.
9 La ociosa espada sueña con sus batallas. Otro es mi sueño.
10 El hombre ha muerto. La barba no lo sabe. Crecen las uñas.
11 Ésta es la mano que alguna vez tocaba tu cabellera.
12 Bajo el alero el espejo no copia más que la luna.
13 Bajo la luna la sombra que se alarga es una sola.
14 ¿Es un imperio esa luz que se apaga o una luciérnaga?
17 La vieja mano sigue trazando versos para el olvido.
La luna
A María Kodama
Hay tanta soledad en ese oro. La luna de las noches no es la luna que vio el primer Adán. Los largos siglos de la vigilia humana la han colmado de antiguo llanto. Mírala. Es tu espejo.
La rosa
La rosa, la inmarcesible rosa que no canto, la que es peso y fragancia, la del negro jardín en la alta noche, la de cualquier jardín y cualquier tarde, la rosa que resurge de la tenue ceniza por el arte de la alquimia, la rosa de los persas y de Ariosto, la que siempre está sola, la que siempre es la rosa de las rosas, la joven flor platónica, la ardiente y ciega rosa que no canto, la rosa inalcanzable.
Las cosas
El bastón, las monedas, el llavero, la dócil cerradura, las tardías notas que no leerán los pocos días que me quedan, los naipes y el tablero,
un libro y en sus páginas la ajada violeta, monumento de una tarde sin duda inolvidable y ya olvidada, el rojo espejo occidental en que arde
una ilusoria aurora. ¡Cuántas cosas, láminas, umbrales, atlas, copas, clavos, nos sirven como tácitos esclavos,
ciegas y extrañamente sigilosas! Durarán más allá de nuestro olvido; no sabrán nunca que nos hemos ido.
Laberinto
No habrá nunca una puerta. Estás adentro y el alcázar abarca el universo y no tiene ni anverso ni reverso ni externo muro ni secreto centro.
No esperes que el rigor de tu camino que tercamente se bifurca en otro, que tercamente se bifurca en otro, tendrá fin. Es de hierro tu destino
como tu juez. No aguardes la embestida del toro que es un hombre y cuya extraña forma plural da horror a la maraña
de interminable piedra entretejida. No existe. Nada esperes. Ni siquiera en el negro crepúsculo la fiera.
De “Elogio de la sombra”
Límites
De estas calles que ahondan el poniente, una habrá (no sé cuál) que he recorrido ya por última vez, indiferente y sin adivinarlo, sometido
a quien prefija omnipotentes normas y una secreta y rígida medida a las sombras, los sueños y las formas que destejen y tejen esta vida.
Si para todo hay término y hay tasa y última vez y nunca más y olvido ¿Quién nos dirá de quién, en esta casa, sin saberlo, nos hemos despedido?
Tras el cristal ya gris la noche cesa y del alto de libros que una trunca sombra dilata por la vaga mesa, alguno habrá que no leeremos nunca.
Hay en el Sur más de un portón gastado con sus jarrones de mampostería y tunas, que a mi paso está vedado como si fuera una litografía.
Para siempre cerraste alguna puerta y hay un espejo que te aguarda en vano; la encrucijada te parece abierta y la vigila, cuadrifonte, Jano.
Hay, entre todas tus memorias, una que se ha perdido irreparablemente; no te verán bajar a aquella fuente ni el blanco sol ni la amarilla luna.
No volverá tu voz a lo que el persa dijo en su lengua de aves y de rosas, cuando al ocaso, ante la luz dispersa, quieras decir inolvidables cosas.
¿Y el incesante Ródano y el lago, todo ese ayer sobre el cual hoy me inclino? Tan perdido estará como Cartago que con fuego y con sal borró el latino.
Creo en el alba oír un atareado rumor de multitudes que se alejan; son los que me ha querido y olvidado; espacio, tiempo y Borges ya me dejan.
Llaneza
A Haydée Lange
Se abre la verja del jardín con la docilidad de la página que una frecuente devoción interroga y adentro las miradas no precisan fijarse en los objetos que ya están cabalmente en la memoria.
Conozco las costumbres y las almas y ese dialecto de alusiones que toda agrupación humana va urdiendo. No necesito hablar ni mentir privilegios; bien me conocen quienes aquí me rodean, bien saben mis congojas y mi flaqueza. Eso es alcanzar lo más alto, lo que tal vez nos dará el Cielo: no admiraciones ni victorias sino sencillamente ser admitidos como parte de una Realidad innegable, como las piedras y los árboles.
Lo nuestro
Amamos lo que no conocemos, lo ya perdido. El barrio que fue las orillas. Los antiguos, que ya no pueden defraudarnos, porque son mito y esplendor. Los seis volúmenes de Schopenhauer, que no acabaremos de leer. El recuerdo, no la lectura, de la segunda parte del Quijote. El oriente, que sin duda no existe para el afghano, el persa o el tártaro. Nuestros mayores, con los que no podríamos conversar durante un cuarto de hora. Las cambiantes formas de la memoria, que está hecha de olvido. Los idiomas que apenas desciframos. Algún verso latino o sajón, que no es otra cosa que un hábito. Los amigos que no pueden faltarnos, porque se han muerto. El ilimitado nombre de Shakespeare. La mujer que está a nuestro lado y que es tan distinta. El ajedrez y el álgebra, que no sé.
Lo perdido
¿Dónde estará mi vida, la que pudo haber sido y no fue, la venturosa o la de triste horror, esa otra cosa que pudo ser la espada o el escudo
y que no fue? ¿Dónde estará el perdido antepasado persa o el noruego, dónde el azar de no quedarme ciego, dónde el ancla y el mar, dónde el olvido
de ser quien soy? ¿Dónde estará la pura noche que al rudo labrador confía el iletrado y laborioso día,
según lo quiere la literatura? Pienso también en esa compañera que me esperaba, y que tal vez me espera.
Nostalgia del presente
En aquel preciso momento el hombre se dijo: Qué no daría yo por la dicha de estar a tu lado en Islandia bajo el gran día inmóvil y de compartir el ahora como se comparte la música o el sabor de la fruta. En aquel preciso momento el hombre estaba junto a ella en Islandia.
Poema conjetural
El doctor Francisco Laprida, asesinado el día 23 de septiembre de 1829 por los montoneros de Aldao, piensa antes de morir:
Zumban las balas en la tarde última. Hay viento y hay cenizas en el viento, se dispersan el día y la batalla deforme, y la victoria es de los otros. Vencen los bárbaros, los gauchos vencen. Yo, que estudié las leyes y los cánones, yo, Francisco Narciso de Laprida, cuya voz declaró la independencia de estas crueles provincias, derrotado, de sangre y de sudor manchado el rostro, sin esperanza ni temor, perdido, huyo hacia el Sur por arrabales últimos.
Como aquel capitán del Purgatorio que, huyendo a pie y ensangrentando el llano, fue cegado y tumbado por la muerte donde un oscuro río pierde el nombre, así habré de caer. Hoy es el término. La noche lateral de los pantanos me asecha y me demora. Oigo los cascos de mi caliente muerte que me busca con jinetes, con belfos y con lanzas.
Yo que anhelé ser otro, ser un hombre de sentencias, de libros, de dictámenes, a cielo abierto yaceré entre ciénagas; pero me endiosa el pecho inexplicable un júbilo secreto. Al fin me encuentro con mi destino sudamericano. A esta ruinosa tarde me llevaba el laberinto múltiple de pasos que mis días tejieron desde un día de la niñez. Al fin he descubierto la recóndita clave de mis años, la suerte de Francisco de Laprida, la letra que faltaba, la perfecta forma que supo Dios desde el principio. En el espejo de esta noche alcanzo mi insospechado rostro eterno. El círculo se va a cerrar. Yo aguardo que así sea.
Pisan mis pies la sombra de las lanzas que me buscan. Las befas de mi muerte, los jinetes, las crines, los caballos, se ciernen sobre mí … Ya el primer golpe, ya el duro hierro que me raja el pecho, el íntimo cuchillo en la garganta.
Los enigmas
Yo que soy el que ahora está cantando. Seré mañana el misterioso, el muerto, el morador de un mágico y desierto orbe sin antes ni después ni cuándo.
Así afirma la mística. Me creo indigno del Infierno o de la Gloria, pero nada predigo. Nuestra historia cambia como las formas de Proteo.
¿Qué errante laberinto, qué blancura ciega de resplandor será mi suerte, cuando me entregue el fin de esta aventura
la curiosa experiencia de la muerte? Quiero beber su cristalino olvido, ser para siempre; pero no haber sido.
Rosas
En la sala tranquila cuyo reloj austero derrama un tiempo ya sin aventuras ni asombro sobre la decente blancura que amortaja la pasión roja de la caoba, alguien, como reproche cariñoso, pronunció el nombre familiar y temido. La imagen del tirano abarrotó el instante, no clara como un mármol en la tarde, sino grande y umbría como la sombra de una montaña remota y conjeturas y memorias sucedieron a la mención eventual como un eco insondable. Famosamente infame su nombre fue desolación en las casas, idolátrico amor en el gauchaje y horror del tajo en la garganta. Hoy el olvido borra su censo de muertes, porque son venales las muertes si las pensamos como parte del Tiempo, esa inmortalidad infatigable que anonada con silenciosa culpa las razas y en cuya herida siempre abierta que el último dios habrá de restañar el último día, cabe toda la sangre derramada. No sé si Rosas fue sólo un ávido puñal como los abuelos decían; creo que fue como tú y yo un hecho entre los hechos que vivió en la zozobra cotidiana y dirigió para exaltaciones y penas la incertidumbre de otros.
Ahora el mar es una larga separación entre la ceniza y la patria. Ya toda vida, por humilde que sea, puede pisar su nada y su noche. Ya Dios lo habrá olvidado y es menos una injuria que una piedad demorar su infinita disolución con limosnas de odio.
Sábados
Afuera hay un ocaso, alhaja oscura engastada en el tiempo, y una honda ciudad ciega de hombres que no te vieron. la tarde calla o canta. Alguien descrucifica los anhelos clavados en el piano. Siempre, la multitud de tu hermosura.
A despecho de tu desamor tu hermosura prodiga su milagro por el tiempo. Está en ti la ventura como la primavera en el hoja nueva. Ya casi no soy nadie, soy tan sólo ese anhelo que se pierde en la tarde. En ti está la delicia como está la crueldad en las espadas.
Soy
Soy el que sabe que no es menos vano que el vano observador que en el espejo de silencio y cristal sigue el reflejo o el cuerpo (da lo mismo) del hermano.
Soy, tácitos amigos, el que sabe que no hay otra venganza que el olvido ni otro perdón. Un dios ha concedido al odio humano esta curiosa llave.
Soy el que pese a tan ilustres modos de errar, no ha descifrado el laberinto singular y plural, arduo y distinto,
del tiempo, que es de uno y es de todos. Soy el que es nadie, el que no fue una espada en la guerra. Soy eco, olvido, nada.
Tankas
“He querido adaptar a nuestra prosodia la estrofa japonesa que consta de un primer verso de cinco sílabas, de uno de siete, de uno de cinco y de dos últimos de siete. Quién sabe cómo sonarán estos ejercicios a oídos orientales. La forma original prescinde asimismo de rimas”. Borges
1 Alto en la cumbre todo el jardín es luna, luna de oro. Más precioso es el roce de tu boca en la sombra.
2 La voz del ave que la penumbra esconde ha enmudecido. Andas por tu jardín. Algo, lo sé, te falta.
3 La ajena copa, la espada que fue espada en otra mano, la luna de la calle, dime, acaso no bastan?
4 Bajo la luna el tigre de oro y sombra mira sus garras. No sabe que en el alba han destrozado un hombre.
5 Triste la lluvia que sobre el mármol cae, triste ser tierra. Triste no ser los días del hombre, el sueño, el alba.
6 No haber caído, como otros de mi sangre, en la batalla. Ser en la vana noche el que cuenta las sílabas.
Una despedida
Tarde que socavó nuestro adiós. Tarde acerada y deleitosa y monstruosa como un ángel oscuro. Tarde cuando vivieron nuestros labios en la desnuda intimidad de los besos. El tiempo inevitable se desbordaba sobre el abrazo inútil. Prodigábamos pasión juntamente, no para nosotros sino para la soledad ya inmediata. Nos rechazó la luz; la noche había llegado con urgencia. Fuimos hasta la verja en esa gravedad de la sombra que ya el lucero alivia. Como quien vuelve de un perdido prado yo volví de tu abrazo. como quien vuelve de un país de espadas yo volví de tus lágrimas. Tarde que dura vívida como un sueño entre las otras tardes. Después yo fui alcanzando y rebasando noches y singladuras.
Una rosa
De las generaciones de las rosas que en el fondo del tiempo se han perdido quiero que una se salve del olvido, una sin marca o signo entre las cosas
que fueron. El destino me depara este don de nombrar por vez primera esa flor silenciosa, la postrera rosa que Milton acercó a su cara,
sin verla. Oh tú bermeja o amarilla o blanca rosa de un jardín borrado, deja mágicamente tu pasado
inmemorial y en este verso brilla, oro, sangre o marfil o tenebrosa como en sus manos, invisible rosa.
Versos de catorce
A mi ciudad de patios cóncavos como cántaros y de calles que surcan las leguas como un vuelo, a mi ciudad de esquinas con aureola de ocaso y arrabales azules, hechos de firmamento,
a mi ciudad que se abre clara como una pampa, yo volví de las viejas tierras antiguas del Occidente y recobré sus casas y la luz de sus casas y la trasnochadora luz de los almacenes
y supe en las orillas, del querer, que es de todos y a punta de poniente desangré el pecho en salmos y canté la aceptada costumbre de estar solo y el retazo de pampa colorada de un patio.
Dije las calesitas, noria de los domingos, y el paredón que agrieta la sombra de un paraíso, y el destino que acecha tácito, en el cuchillo, y la noche olorosa como un mate curado.
Yo presentí la entraña de la voz las orillas, palabra que en la tierra pone el azar del agua y que da a las afueras su aventura infinita y a los vagos campitos un sentido de playa.
Así voy devolviéndole a Dios unos centavos del caudal infinito que me pone en las manos.