Hasta la hora del ocaso amarillo cuántas veces habré mirado al poderoso tigre de Bengala ir y venir por el predestinado camino detrás de los barrotes de hierro, sin sospechar que eran su cárcel. Después vendrían otros tigres, el tigre de fuego de Blake; después vendrían otros oros, el metal amoroso que era Zeus, el anillo que cada nueve noches * engendra nueve anillos y éstos, nueve, y no hay un fin. Con los años fueron dejándome los otros hermosos colores y ahora sólo me quedan la vaga luz, la inextricable sombra y el oro del principio. Oh ponientes, oh tigres, oh fulgores del mito y de la épica, oh un oro más precioso, tu cabello que ansían estas manos.
East Lansing, 1972