A Haydée Lange
Se abre la verja del jardín con la docilidad de la página que una frecuente devoción interroga y adentro las miradas no precisan fijarse en los objetos que ya están cabalmente en la memoria.
Conozco las costumbres y las almas y ese dialecto de alusiones que toda agrupación humana va urdiendo. No necesito hablar ni mentir privilegios; bien me conocen quienes aquí me rodean, bien saben mis congojas y mi flaqueza. Eso es alcanzar lo más alto, lo que tal vez nos dará el Cielo: no admiraciones ni victorias sino sencillamente ser admitidos como parte de una Realidad innegable, como las piedras y los árboles.
Lo nuestro
Amamos lo que no conocemos, lo ya perdido. El barrio que fue las orillas. Los antiguos, que ya no pueden defraudarnos, porque son mito y esplendor. Los seis volúmenes de Schopenhauer, que no acabaremos de leer. El recuerdo, no la lectura, de la segunda parte del Quijote. El oriente, que sin duda no existe para el afghano, el persa o el tártaro. Nuestros mayores, con los que no podríamos conversar durante un cuarto de hora. Las cambiantes formas de la memoria, que está hecha de olvido. Los idiomas que apenas desciframos. Algún verso latino o sajón, que no es otra cosa que un hábito. Los amigos que no pueden faltarnos, porque se han muerto. El ilimitado nombre de Shakespeare. La mujer que está a nuestro lado y que es tan distinta. El ajedrez y el álgebra, que no sé.