Lo nuestro

Lo nuestro

Amamos lo que no conocemos, lo ya perdido. El barrio que fue las orillas. Los antiguos, que ya no pueden defraudarnos, porque son mito y esplendor. Los seis volúmenes de Schopenhauer, que no acabaremos de leer. El recuerdo, no la lectura, de la segunda parte del Quijote. El oriente, que sin duda no existe para el afghano, el persa o el tártaro. Nuestros mayores, con los que no podríamos conversar durante un cuarto de hora. Las cambiantes formas de la memoria, que está hecha de olvido. Los idiomas que apenas desciframos. Algún verso latino o sajón, que no es otra cosa que un hábito. Los amigos que no pueden faltarnos, porque se han muerto. El ilimitado nombre de Shakespeare. La mujer que está a nuestro lado y que es tan distinta. El ajedrez y el álgebra, que no sé.

¿Dónde estará mi vida, la que pudo haber sido y no fue, la venturosa o la de triste horror, esa otra cosa que pudo ser la espada o el escudo

y que no fue? ¿Dónde estará el perdido antepasado persa o el noruego, dónde el azar de no quedarme ciego, dónde el ancla y el mar, dónde el olvido

de ser quien soy? ¿Dónde estará la pura noche que al rudo labrador confía el iletrado y laborioso día,

según lo quiere la literatura? Pienso también en esa compañera que me esperaba, y que tal vez me espera.

Nostalgia del presente

En aquel preciso momento el hombre se dijo: Qué no daría yo por la dicha de estar a tu lado en Islandia bajo el gran día inmóvil y de compartir el ahora como se comparte la música o el sabor de la fruta. En aquel preciso momento el hombre estaba junto a ella en Islandia.

Poema conjetural

El doctor Francisco Laprida, asesinado el día 23 de septiembre de 1829 por los montoneros de Aldao, piensa antes de morir:

Zumban las balas en la tarde última. Hay viento y hay cenizas en el viento, se dispersan el día y la batalla deforme, y la victoria es de los otros. Vencen los bárbaros, los gauchos vencen. Yo, que estudié las leyes y los cánones, yo, Francisco Narciso de Laprida, cuya voz declaró la independencia de estas crueles provincias, derrotado, de sangre y de sudor manchado el rostro, sin esperanza ni temor, perdido, huyo hacia el Sur por arrabales últimos.

Como aquel capitán del Purgatorio que, huyendo a pie y ensangrentando el llano, fue cegado y tumbado por la muerte donde un oscuro río pierde el nombre, así habré de caer. Hoy es el término. La noche lateral de los pantanos me asecha y me demora. Oigo los cascos de mi caliente muerte que me busca con jinetes, con belfos y con lanzas.

Yo que anhelé ser otro, ser un hombre de sentencias, de libros, de dictámenes, a cielo abierto yaceré entre ciénagas; pero me endiosa el pecho inexplicable un júbilo secreto. Al fin me encuentro con mi destino sudamericano. A esta ruinosa tarde me llevaba el laberinto múltiple de pasos que mis días tejieron desde un día de la niñez. Al fin he descubierto la recóndita clave de mis años, la suerte de Francisco de Laprida, la letra que faltaba, la perfecta forma que supo Dios desde el principio. En el espejo de esta noche alcanzo mi insospechado rostro eterno. El círculo se va a cerrar. Yo aguardo que así sea.

Pisan mis pies la sombra de las lanzas que me buscan. Las befas de mi muerte, los jinetes, las crines, los caballos, se ciernen sobre mí … Ya el primer golpe, ya el duro hierro que me raja el pecho, el íntimo cuchillo en la garganta.