Los enigmas

Los enigmas

Yo que soy el que ahora está cantando. Seré mañana el misterioso, el muerto, el morador de un mágico y desierto orbe sin antes ni después ni cuándo.

Así afirma la mística. Me creo indigno del Infierno o de la Gloria, pero nada predigo. Nuestra historia cambia como las formas de Proteo.

¿Qué errante laberinto, qué blancura ciega de resplandor será mi suerte, cuando me entregue el fin de esta aventura

la curiosa experiencia de la muerte? Quiero beber su cristalino olvido, ser para siempre; pero no haber sido.

Rosas

En la sala tranquila cuyo reloj austero derrama un tiempo ya sin aventuras ni asombro sobre la decente blancura que amortaja la pasión roja de la caoba, alguien, como reproche cariñoso, pronunció el nombre familiar y temido. La imagen del tirano abarrotó el instante, no clara como un mármol en la tarde, sino grande y umbría como la sombra de una montaña remota y conjeturas y memorias sucedieron a la mención eventual como un eco insondable. Famosamente infame su nombre fue desolación en las casas, idolátrico amor en el gauchaje y horror del tajo en la garganta. Hoy el olvido borra su censo de muertes, porque son venales las muertes si las pensamos como parte del Tiempo, esa inmortalidad infatigable que anonada con silenciosa culpa las razas y en cuya herida siempre abierta que el último dios habrá de restañar el último día, cabe toda la sangre derramada. No sé si Rosas fue sólo un ávido puñal como los abuelos decían; creo que fue como tú y yo un hecho entre los hechos que vivió en la zozobra cotidiana y dirigió para exaltaciones y penas la incertidumbre de otros.

Ahora el mar es una larga separación entre la ceniza y la patria. Ya toda vida, por humilde que sea, puede pisar su nada y su noche. Ya Dios lo habrá olvidado y es menos una injuria que una piedad demorar su infinita disolución con limosnas de odio.

Sábados

Afuera hay un ocaso, alhaja oscura engastada en el tiempo, y una honda ciudad ciega de hombres que no te vieron. la tarde calla o canta. Alguien descrucifica los anhelos clavados en el piano. Siempre, la multitud de tu hermosura.

A despecho de tu desamor tu hermosura prodiga su milagro por el tiempo. Está en ti la ventura como la primavera en el hoja nueva. Ya casi no soy nadie, soy tan sólo ese anhelo que se pierde en la tarde. En ti está la delicia como está la crueldad en las espadas.

Soy

Soy el que sabe que no es menos vano que el vano observador que en el espejo de silencio y cristal sigue el reflejo o el cuerpo (da lo mismo) del hermano.

Soy, tácitos amigos, el que sabe que no hay otra venganza que el olvido ni otro perdón. Un dios ha concedido al odio humano esta curiosa llave.

Soy el que pese a tan ilustres modos de errar, no ha descifrado el laberinto singular y plural, arduo y distinto,

del tiempo, que es de uno y es de todos. Soy el que es nadie, el que no fue una espada en la guerra. Soy eco, olvido, nada.

Tankas

“He querido adaptar a nuestra prosodia la estrofa japonesa que consta de un primer verso de cinco sílabas, de uno de siete, de uno de cinco y de dos últimos de siete. Quién sabe cómo sonarán estos ejercicios a oídos orientales. La forma original prescinde asimismo de rimas”. Borges

1 Alto en la cumbre todo el jardín es luna, luna de oro. Más precioso es el roce de tu boca en la sombra.

2 La voz del ave que la penumbra esconde ha enmudecido. Andas por tu jardín. Algo, lo sé, te falta.

3 La ajena copa, la espada que fue espada en otra mano, la luna de la calle, dime, acaso no bastan?

4 Bajo la luna el tigre de oro y sombra mira sus garras. No sabe que en el alba han destrozado un hombre.

5 Triste la lluvia que sobre el mármol cae, triste ser tierra. Triste no ser los días del hombre, el sueño, el alba.

6 No haber caído, como otros de mi sangre, en la batalla. Ser en la vana noche el que cuenta las sílabas.

Una despedida

Tarde que socavó nuestro adiós. Tarde acerada y deleitosa y monstruosa como un ángel oscuro. Tarde cuando vivieron nuestros labios en la desnuda intimidad de los besos. El tiempo inevitable se desbordaba sobre el abrazo inútil. Prodigábamos pasión juntamente, no para nosotros sino para la soledad ya inmediata. Nos rechazó la luz; la noche había llegado con urgencia. Fuimos hasta la verja en esa gravedad de la sombra que ya el lucero alivia. Como quien vuelve de un perdido prado yo volví de tu abrazo. como quien vuelve de un país de espadas yo volví de tus lágrimas. Tarde que dura vívida como un sueño entre las otras tardes. Después yo fui alcanzando y rebasando noches y singladuras.

Una rosa

De las generaciones de las rosas que en el fondo del tiempo se han perdido quiero que una se salve del olvido, una sin marca o signo entre las cosas

que fueron. El destino me depara este don de nombrar por vez primera esa flor silenciosa, la postrera rosa que Milton acercó a su cara,

sin verla. Oh tú bermeja o amarilla o blanca rosa de un jardín borrado, deja mágicamente tu pasado

inmemorial y en este verso brilla, oro, sangre o marfil o tenebrosa como en sus manos, invisible rosa.

Versos de catorce

A mi ciudad de patios cóncavos como cántaros y de calles que surcan las leguas como un vuelo, a mi ciudad de esquinas con aureola de ocaso y arrabales azules, hechos de firmamento,

a mi ciudad que se abre clara como una pampa, yo volví de las viejas tierras antiguas del Occidente y recobré sus casas y la luz de sus casas y la trasnochadora luz de los almacenes

y supe en las orillas, del querer, que es de todos y a punta de poniente desangré el pecho en salmos y canté la aceptada costumbre de estar solo y el retazo de pampa colorada de un patio.

Dije las calesitas, noria de los domingos, y el paredón que agrieta la sombra de un paraíso, y el destino que acecha tácito, en el cuchillo, y la noche olorosa como un mate curado.

Yo presentí la entraña de la voz las orillas, palabra que en la tierra pone el azar del agua y que da a las afueras su aventura infinita y a los vagos campitos un sentido de playa.

Así voy devolviéndole a Dios unos centavos del caudal infinito que me pone en las manos.