No quiero ser quien soy. La avara suerte me ha deparado el siglo diecisiete, el polvo y la rutina de Castilla, las cosas repetidas, la mañana que, prometiendo el hoy, nos da la víspera, la plática del cura y del barbero, la soledad que va dejando el tiempo y una vaga sobrina analfabeta. Soy hombre entrado en años. Una página casual me reveló no usadas voces que me buscaban, Amadís y Urganda. Vendí mis tierras y compré los libros que historian cabalmente las empresas: el Grial, que recogió la sangre humana que el Hijo derramó para salvarnos, el ídolo de oro de Mahoma, los hierros, las almenas, las banderas y las operaciones de la magia. Cristianos caballeros recorrían los reinos de la tierra, vindicando el honor ultrajado o imponiendo justicia con los filos de la espada. Quiera Dios que un enviado restituya a nuestro tiempo ese ejercicio noble. Mis sueños lo divisan. Lo he sentido a veces en mi triste carne célibe. No sé aún su nombre. Yo, Quijano, seré ese paladín. Seré mi sueño. En esta vieja casa hay una adarga antigua y una hoja de Toledo y una lanza y los libros verdaderos que a mi brazo prometen la victoria. ¿A mi brazo? Mi cara (que no he visto) no proyecta una cara en el espejo. Ni siquiera soy polvo. Soy un sueño que entreteje en el sueño y la vigilia mi hermano y padre, el capitán Cervantes, que militó en los mares de Lepanto y supo unos latines y algo de árabe… Para que yo pueda soñar al otro cuya verde memoria será parte de los días del hombre, te suplico: mi Dios, mi soñador, sigue soñándome.