Hoy he conocido al ángel.
Ganas dan de llorar. Qué terca criaturilla miserable, desa- seada, vanidosa. Qué plumas grasientas de supervivien- te de marea negra, qué calva vergonzante cubierta de pelo ralo y engominado, qué barriguilla lúbrica, qué falta de dignidad, qué intentos de cohecho, qué grose- ras familiaridades, qué burdo narcisismo y qué tartajeo. Por no hablar de la ridícula estatura de corneja…
No me cautivan las aventuras de la humillación. Me negué a decirle mi nombre. * * *