“…porque había derramado mi alma sobre la arena, amando a un mortal como si no fuera mortal”. San Agustín, Confesiones. IV-VIII-13
Perdóneme el Amor haberlo amado en el cuajado sol de los racimos; en la pronta vendimia de los labios; en el cristal en fuga de los días.
Perdóneme el Amor haberlo amado sobre la rosa que meció su vida pendiente de la luz y en pétalos de sombra se deshizo.
Perdóneme el Amor haberlo amado en el azoro de pupilas húmedas: en fáciles paréntesis de abrazo; sobre entregados hombros me llevaron sin devoción el peso de mi sangre. Perdóneme el Amor, siendo tan puro, haberlo amado en la caída sombra que limita la piel de las criaturas, y haber vertido en sus oscuros ríos mi sangre de campanas navegantes y mi gozo que abría las mañanas azules, en los ojos del rocío, para fundar la luz sobre la hierba.
Y le ofrezco al Amor el tierno tallo de sollozo en mi cuello florecido. Y la semilla de mi sal doblando la espiga horizontal de las pestañas. Y mi verdad tan claramente mía, oscurecida por buscarla blanda hechura de materias derrumbables. Y le ofrezco al amor haber tenido un transparente corazón de agua y haberlo dado pródigo en mis manos a la sed de los otros, y dejado sólo a mi sed la piedra de su cauce. Y le ofrezco al Amor volver al ancho lugar de soledad donde me espera y dice su silencio, sin garganta para expresar su voz que no limita ni acento, ni palabra, ni sentido.
Y prometo borrar bajo mis ojos el rostro de mujer que pintó el sueño en los lienzos purísimos del alba; y su cuerpo de ardidas geometrías con su sombra de lirio entre mis brazos; y la callada curva de su alma que en el maduro instante del encuentro pesaba blandamente contra el hombro.
Y prometo arrancar del leve tacto la sensación de fruta que me daba la tierna pelusilla de la carne, cuando pasaba yo sobre su cuerpo la cóncava frecuencia de mis manos; y su oculta tibieza y sobresalto, y el casi pensamiento de los senos en la quietud redonda de sus mieles.
Y prometo también que los pequeños cálices que florecen en su lengua, y los racimos de viscosos jugos que cogen los sabores y los hacen una insistente flora submarina donde recuerda el beso los corales, no me darán su hiel de verde espada, ni sus dulces violines derretidos, ni las rendidas sales de su llanto, ni el limón sorprendente a que sabía la piel bajo los vellos que ocultaban su minuciosa red de escalofríos.
Y prometo arrojar sobre una playa -a orillas del silencio y del sollozo- el caracol sin mar de mis oídos, para olvidar su voz entrecortada por sirenas de música y espumas de risa en las riberas de su labio.
Y prometo que el aire que la envuelve no dejará que yo bajo la noche, pueda medir, basado en el aroma, el alto sueño y el profundo abrazo de su cuerpo entreabierto dulcemente, ni que sus muslos como dos rosales en perfumada laxitud me digan el olor de sus sangre enamorada.
Y prometo también no ver la noche para abolir la sombra de su sexo; y destruir el fondo de mí mismo donde crecen columnas en mis huesos y el silencio se comba como un templo sobre el arco tendido de la sangre.
Y qué rumor de lienzos desgarrados rodará del recuerdo. Qué vitrales de partido color mostrará el ojo caídos bajo el polvo de las lágrimas. Y cuánta dura arista habrá en la dulce huida redondez de las imágenes. Y cuánta soledad contra los muros donde estuvo mi lámpara alumbrando. Y cuánto corazón bajo las ruinas de tantos corazones destrozados.
De tal destrozo quedaré yo solo de pie, pero tendidos en el alma, cuántos alzados ríos de voz clara, cuánto dolor caído de mi gozo, cuántas vidas marchitas en mi vida, cuánta perdida fe y oscura grieta, del odio en los cimientos quebrantados.
Tú solo, Amor, me prestarás tu nuevo labio perennemente preparado; tu estambre de cristal que clarifica con azúcar de soles la mañana, tu espacio de milagro donde flota, perdido el peso y dolorosamente. el corazón del hombre como un barco de sollozo en un agua de saetas. Te buscaré en el quieto movimiento de mi ansiedad que espera tu llegada; bajo el caído párpado del sueño donde guardas tus luces esenciales; en el follaje de la interna noche pugnando por cubrir tu inmensidad. Sabré de tu presencia, sin sentidos que te tiendan espacios, ni volumen para medir tu aliento imponderable. En el cambio ordenado de las cosas el llanto será mar o enredadera, vendrás amor, y encontrarás más limpia y oreada mi voz en los collados de mi eterna esperanza que se abre de par en par al «aire de tu vuelo»“.
Tú solo, Amor, me plantarás la rosa fuerte, que, con sus pétalos de instante temblorosa de júbilo y de esfuerzo, detenga y pasme en mágico equilibrio la inminente llegada de la muerte.