“Huelen hasta tus ojos celestes de cristal…” J.R.J.
Qué fragante soledad ha dejado tu cuerpo en este anochecer.
Regusto el aire. Olisqueo la almohada donde se desató tu pelo Busco tu olor de rosa estrujada, me hundo en el recuerdo de tu axila, de tu pubis, donde -eterno Narciso- persigo la imagen de mis labios.
Ya es inútil buscarte en el lecho, en el vano de las ventanas, entre el marco de los espejos, entre el dogal de mis brazos.
Qué fragante soledad. Huelo mi propio olfato.
Deambulo por los senderos crujientes detrás del taconeo de la lluvia viendo gotas como estrellas entre los gajos de las acacias.
A cada paso siento tu nombre debajo de la lengua como un granito de azúcar. Tu nombre que huele a ti hecho de letras como pétalos.
¡Aquí no, pienso, todavía no! Salgo a la vastedad del campo, encuentro lo más redondo del silencio, me sitúa en su centro,
y entonces te llamo a gritos para que tu nombre se deshoje y mi voz se rompa al unísono contra cada uno de los puntos que limitan el círculo de mi soledad.