¿Vuelves a mí tal vez? Dejemos el dolor, vámonos a pasear por tus retratos. ¡Cómo hay allí de azules! Cielos de azules claros que fueron con nosotros de la mano. Vientos que no se ven y te despeinan. Carreras detenidas en el aire te suben los vestidos. Y mi gozo temblando en los azules, en tu pelo, en la sombra de ti, sobre las piedras mientras tú las pisabas.
Las horas se quedaron sorprendidas como en relojes muertos. Como vuelos de pájaros sin alas, como un amor delante de mujeres que no existieran nunca. Se quedaron echadas cara al cielo en mi álbum de estampillas de las islas borradas de tu imagen. Todo quedó allí quieto: el movimiento desertó de su fin. El columpio en el aire bien pudiera sin momento de apoyo ni llegada devolverse al cenit de tu capricho. La cinta que me diste, ecuadora la levedad del oro en tu cabeza. Estos retratos tuyos te devuelven en un itinerario de jardines, de la rosa al botón, y quedas niña, con tu verdad primera, con tus trajes de holán adolescente, con tu dolor negándose a venir. ¿Vuelves a mí tal vez? Dejemos el dolor, vámonos a pasear por tus retratos. ¡Estos retratos tuyos! Los de ver con los ojos, los que tienen tamaño y se colocan en una extensión cierta entre dos vidrios, como cruzando un cuerpo entre dos aires, conciben el espacio sólo tuyo. Aquel espacio, que contuvo tu cuerpo una mañana al moverte, quedaba esclarecido, preciso, limitado, diferente, y era extensión sin cuerpo en el espacio ese claro dolor de no seguirte, como claro dolor de no seguirlo los vidrios sin retrato. ¿Vuelves a mí tal vez? Dejemos el dolor, vámonos a pasear por tus retratos. El otro que atestigua que en el tiempo fuiste potencia y acto y rebelde a la gloria en que te vivo, te muestra de dos años. O el de vientos grumetes que te cercan y de tus ojos verdes en el lago, el del retrato aquel de las sirenas sacado a la memoria de las barcas, el de faldas veleras que te ciñen, retrato de los lagos. Este otro, el preferido, con su fondo de silencios llamando, con el tren que se va y el alma en tierra al borde de las vidas como rieles; el de lágrima al fondo, donde escala el corazón el muro de los ojos, el de la blusa clara de telas primordiales que te llevan y tu almita lavada de quince años. Las horas se quedaron sorprendidas como en relojes muertos. Como vuelos de pájaros sin alas. Como un amor delante de mujeres que no existieran nunca. Se quedaron echadas cara al cielo en mi álbum de estampillas, de las islas, borradas de tu imagen.