Dormida así, desnuda, no estuviera más pura bajo el lino. La guarece ese mismo abandono que la ofrece en la red de su sangre prisionera.
Y ese espasmo fugaz de la cadera y esa curva del seno que se mece con el vaivén del sueño y que parece que una miel tibia y tácita lo hinchiera.
Y esa pulpa del labio que podría nombrar un fruto con la voz callada pues su propia dulzura lo diría.
Y esa sombra de ala aprisionada que de sus muslos claros volaría si fuese la doncella despertada.
Retrata el agua dura su indolencia en la quietud sin peces ni sonidos; y copian los arroyos detenidos sus rodillas sin mancha de violencia.
Sumida en esa fácil transparencia, ve sus frutos apenas florecidos, y encima de su alma endurecidos por curva miel y cálida presencia.
Con un afán de olas, blandamente, cada rayo de luz quiere primero reflejarla en la estática corriente.
Y el pulso entre sus venas prisionero desata su rumor y ella se siente a la orilla de un río verdadero.
Igual que por un ámbito cerrado donde faltara el aire de repente, volaba una paloma por su frente y por su sexo apenas sombreado.
Y por su vientre de cristal -curvado como un vaso de lámpara- caliente el óleo de su sangre dulcemente, quedó de su blancura congelado.
Sus claras redondeces abolidas, bajo la tierra al paladar del suelo, entregaron sus mieles escondidas.
Y alas y velas sin el amplio cielo de su mirada azul, destituidas fueron del aire y fueron de su vuelo.