Crónica del forastero

Crónica del forastero

XXII

«EL viento sabe que vuelvo a casa, ha detenido el ruido de las goteras de lluvia en el alero.»

Así escribía un poeta hace diez siglos. Pero ahora el viento ignora quién vuelve a casa. Por eso grita en estos espacios más fuerte que en las ciudades en donde muere el tiempo en que todos eran pioneros, guerreros o poetas.

Que siquiera se oiga en los pueblos, pero también ha perdido su sentido en los pueblos. Ya no aparecen las bandadas de choroyes y torcazas que abrumaban los manzanos silvestres.

No hay pudúes, ni guanacos, ni avestruces y los lobos marinos no se apiñan en las costas.

La tierra daba el triple de lo que le pedían. Las máquinas no alcanzaban a trillar el trigo de las sementeras. Rebaños innumerables asomaban sus ojos entre los altos pastizales, las vegas y las llanuras. Sobraba la comida.

Ahora, bosques quemados. Tierra que muestra su desnuda y roja osamenta. Faltan madera y trigo.

Sobran radios portátiles y hoy día tenemos televisión. Sin embargo, la tierra permanece.

Lo sabe la ciudad en sus pesadillas y las bombas preparan las mortajas para los deslumbrantes rascacielos.

U n día volveremos al primer fuego. Y los sobrevivientes apenas podrán conservar un ramo de gencianas y una palabra amada.

XXIII

Para qué me preguntas. Todos moriremos. Eso no me ayuda. No, realmente no. Gunnard Ekelof

Lo que importa es estar vivo y entrar a la casa en el desolado mediodía de la vida.

El río pasa recogiendo la calle polvorienta. Los satélites artificiales pueden rodear la Tierra, pero nada saben de ellos los bueyes enyugados a las carretas.

Es el mismo de otro siglo el gesto del campesino al descargar un saco de trigo, el polvillo de la molienda danza en el sol sin memoria, escuchamos el trote de los ratones entre los sacos dormidos en la bodega, y el oculto resplandor de las cosas tiene un secreto revelado por los aromos.

Escucho el pitazo del tren cortando en dos al pueblo. El pueblo donde pedí tres deseos al comer las primeras cerezas, donde me regalaron una lámpara humilde que no he vuelto a hallar, el pueblo que tenía unos pocos miles de habitantes cuando nací, y fue fundado como un Fuerte para defenderse de los mapuches (todo eso era nuestro Far West). El pueblo donde aún humean mantas junto a cocinas a leña, y el invierno es la travesía de un tempestuoso océano.

Si me pidieran recordar algo más allá de las calles donde di los primeros pasos no sabría mucho que decir.

Creo que he estado en otros países. He visto día a día en las ciudades vehículos iluminados como trasatlánticos llevar rostros fatigados de un matadero a otro.

«La vida es un pretexto para escribir dos o tres versos cantantes y luminosos» , escribió Alexander Block, pero tal vez yo no sea de verdad un poeta.

Me amo a mí mismo tanto como a mi prójimo, pero estoy dispuesto a desaparecer junto a todo mi prójimo. Puedo rezar sin creer en Dios. A las noticias del día suelo preferir leer memorias de oscuros personajes de otras épocas o contemplar los gorriones picoteando maravillas.

De nuevo alguien ve derrochar los yuyos su oro al viento.

Alguien va a temer cada mañana que el sol no regrese, alguien aprenderá a leer en diarios que anuncian nuevas guerras, alguien en la noche va a tomar un carbón encendido para trazar círculos de fuego que lo protejan de todo mal.

Quedaré solo en un bosque de pinos.

De pronto veré alzarse los muros al canto de los gallos. Podré pronunciar mi verdadero nombre. Las puertas del bosque se abrirán, mi espacio será el mismo que el de las aves inmortales que entran y salen de él, y los hermanos desconocidos sabrán que ya pueden reemplazarme.

Debo enfrentar de nuevo al río. Busco una moneda. El río ha cambiado de color. Veo sin temor la canoa negra esperando en la orilla.

(Septiembre 1963 -febrero 1964, Lautaro-Santiago)

De “Crónica del forastero” 1968