Los dominios perdidos

Los dominios perdidos

A Alain Fourier

Estrellas rojas y blancas nacían de tus manos. Era en 189… en la Chapelle d’Anguillon, eran las estrellas eternas del cielo de la adolescencia.

En la noche apagaste las lámparas para que halláramos los caminos perdidos que nos llevan hacia un laúd roto y trajes de otra época, hacia una caballeriza ruinosa y un granero de fiesta en donde se reúnen muchachas y ancianas que lo perdonan todo.

Pues lo que importa no es la luz que encendemos día a día, sino la que alguna vez apagamos para guardar la memoria secreta de la luz. Lo que importa no es la casa de todos los días sino aquella oculta en un recodo de los sueños. Lo que importa no es el carruaje sino sus huellas descubiertas por azar en el barro. Lo que importa no es la lluvia sino sus recuerdos tras los ventanales del pleno verano.

Te encontramos en la última calle de una aldea sureña. Eras un vagabundo de barba crecida con una niña en brazos, era tu sombra -la sombra del desaparecido en 1914- que se detenía a mirar a los niños jugar a los bandidos, o perseguir gansos bajo una desganada llovizna, o ayudar a sus madres a desvainar arvejas mientras las nubes pasaban como una desconocida, la única que de verdad nos hubiese amado.

Anochece. Y al tañido de una campana llamando a la fiesta se rompe la dura corteza de las apariencias. Aparecen la casa vigilada por glicinas, una muchacha leyendo en la glorieta bajo el piar de gorriones, el ruido de las ruedas de un barco lejano.

La realidad secreta brillaba como un fruto maduro. Empezaron a encender las luces de Lautaro. Los niños entraron a sus casas. Oímos el silbido del titiritero que te llamaba. Tú desapareciste diciéndonos: «No hay casa, ni padres, ni amor; sólo hay compañeros de juego». Y apagaste todas las luces para que viéramos brillar para siempre las estrellas de la adolescencia que nacieron de tus manos en un atardecer de mil ochocientos noventa y tantos. De “Poemas del país de nunca jamás” 1963