1 El puente en medio de la noche blanquea como la osamenta de un buey. Entre la niebla desgarrada de los sauces debían aparecer fantasmas, pero sólo pudimos ver el fugaz reflejo de los vagones en el río y las luces harapientas de las chozas de los areneros. 2 Nos alejamos de la ciudad balanceándonos junto al viento en la plataforma del último carro del tren nocturno. Pronto amanecerá. los fríos gritos de los queltehues despiertan a los pueblos donde sólo brilla la luz de un prostíbulo de cara trasnochada. Pronto amanecerá. En las ciudades miles de manos se alargan para acallar furiosos despertadores.
Pronto amanecerá. Las estrellas desaparecen como semillas de girasol en el buche de los gorriones. Los tejados palpitan en carne viva bajo las manos de la mañana.
Y el viento que nos siguió toda la noche con cantos aprendidos de torrentes donde no llega el sol, ahora es ese niño desconocido que se despierta para saludarnos desde un cerezo resucitado.
3 Recuerdo la Estación Central en el atardecer de un día de diciembre. Me veo apenas con dinero para tomar una cerveza, despeinado, sediento, inmóvil, mientras parte el tren en donde viaja una muchacha que se ha ido diciendo que nunca me querrá, que se acostaría con cualquiera, menos conmigo, que ni siquiera me escribirá una carta. Es en la Estación Central un sofocante atardecer de un día de diciembre.
7 El sol apenas tuvo tiempo para despedirse escribiendo largas frases con la negra y taciturna sombra de los vagones de carga abandonados. y en la profunda tarde sólo se oye el lamentable susurro de los cardos resecos.
8 Una estrella nueva sobre los cercos rotos. Sobre los cercos rotos de orillas de la línea a los que vienen a robar tablas este invierno los habitantes de las poblaciones callampas.
9 Yo hubiese querido ver de nuevo el pañuelo de campesina pobre con que amarraste tu cabellera desordenada por el puelche, tus mejillas partidas por la escarcha de las duras mañanas del sur, tu gesto de despedida en el andén de la pequeña estación, para no soñar siempre contigo cuando en la noche de los trenes mi cara se vuelve hacia esa aldea que ahogaron las poderosas aguas.
13 Sobre el techo recién pintado de azarcón de la bodega triguera enredada en la humareda que deja el tren nocturno aparece una luna con cara de campesino borracho, enrojecida por el resplandor de los roces a fuego.
14
Podremos saber que nada vale más que la brizna roída por un conejo o la ortiga creciendo entre las grietas de los muros. Pero nunca dejaremos de correr para acompañar a los niños a saludar el paso de los trenes.
De “Los trenes de la noche y otros poemas” 1964