para Katia Alemann
Aprendimos a amar a cuentagotas esas pequeñas pausas que el chubasco viste para inundar puertas afuera la soledad, la rama entre violeta y ocre de las tardes, el murmullo semántico del cielo. En este orden hemos desdibujado la distancia, la longitud sin proporción, las líneas que relacionan a las cosas. Breves lagunas de aire, esos segundos quiebran el ambiguo concepto de equilibrio que en el agua subyace y se sostiene al igual que otra voz dentro del fuego. Cuando escampa y la tarde se armoniza en su limpia explosión de veladuras, aprendemos los mínimos rumores donde irrumpen cenizas desmemorias. Con ellos construimos este cuarto que está lleno de música y de vítreos aromas de jazmín o extranjería. Nociones y raigambres que se agolpan y edifican un óvalo sonoro, un punto de llegada, otro pretexto condenado a palpar nuestra garganta para oírnos decir: amo esta lluvia cuando cesa y podemos escucharla recoger un país bajo la tierra. De “Jardines sumergidos”