La invitada

La invitada

Tienes que detenerla -dijo. Su voz temblaba con pasión. Me gustaba aquel temblor; el verla

actuar así, tenerla cerca mientras mudaba su gesto, confortaba. Tienes que detenerla

-insistió. Ya es muy tarde, no lo puedo evitar -le respondí-, no hay nada

que hacer. En un alarde teatral, fingió llorar aunque reía, helada.