(Homenaje a Chuang-Tzu)
Anoche te soñé. Llevabas una gabardina de piel, y abajo nada. Era otoño y estabas empapada de lluvia; caminabas en alguna
estación de Madrid hacia ninguna parte. Detenías tus pasos cada tanto para sentir azafranada tu piel resplandecer ante la luna
de un espejo invisible donde había un hombre que soñaba una mujer y una mujer semidesnuda, hermosa,
mojada en el orvallo. Todavía me parece mirarte sostener la mirada de aquella mariposa.