Y comenzamos juntos un viaje hacia la aurora como dos fugitivos de la misma condena. Lo que ignoraba entonces no he de callarlo ahora: No valías la pena.
Ya llegaba el otoño, y ardía el mediodía. Sentí sed. Vi tu copa. Pensé que estaba llena, pero acerqué mis labios y la encontré vacía. No valías la pena.
Te di a guardar un sueño, pero tú lo perdiste, o acaso abrí mis surcos en la llanura ajena. Es triste, pero es cierto. Por ser tan cierto, es triste: No valías la pena.
Fuiste el amor furtivo que va de lecho en lecho, y el eslabón amable que es más que una cadena. Pero hoy puedo decirte, sin rencor ni despecho: No valías la pena.
Me alegré con tu risa; me apené con tu llanto, sin pensar que eras mala ni creer que eras buena. Te canté en mis canciones, y, a pesar de mi canto, no valías la pena.
Me queda el desencanto del que enturbió una fuente, o acaso el desaliento del que sembró en la arena. Pero yo no te culpo. Te digo, simplemente: No valías la pena.
Mi corazón, un día, tuvo un ansia suprema, que aún hoy lo embriaga cual lo embriagara ayer; quería aprisionar un alma en un poema, y que viviera siempre… pero no pudo ser.
Mi corazón, un día, silenció su latido, y en plena lozanía se sintió envejecer; quiso amar un recuerdo más fuerte que el olvido y morir recordando… pero no pudo ser.
Mi corazón, un día, soñó un sueño sonoro, en un fugaz anhelo de gloria y de poder; subió la escalinata de un palacio de oro y quiso abrir las puertas… Pero no pudo ser.
Mi corazón, un día, se convirtió en hoguera, por vivir plenamente la fiebre del placer; ansiaba el goce nuevo de una emoción cualquiera, un goce para él solo… pero no pudo ser.
Y hoy llegas tú a mi vida, con tu sonrisa clara, con tu sonrisa clara, que es un amanecer; y ante el sueño más dulce que nunca antes soñara, quiero vivir mi sueño… pero no puede ser.
Y he de decirte adiós para siempre, querida, sabiendo que te alejas para nunca volver, quisiera retenerte para toda la vida… ¡Pero no puede ser! ¡Pero no puede ser!
I No, nada llega tarde, porque todas las cosas tienen su tiempo justo, como el trigo y las rosas; sólo que, a diferencia de la espiga y la flor, cualquier tiempo es el tiempo de que llegue el amor. No, Amor no llega tarde. Tu corazón y el mío saben secretamente que no hay amor tardío. Amor, a cualquier hora, cuando toca a una puerta, la toca desde adentro, porque ya estaba abierta. Y hay un amor valiente y hay un amor cobarde, pero, de cualquier modo, ninguno llega tarde.
II Amor, el niño loco de la loca sonrisa, viene con pasos lentos igual que viene a prisa; pero nadie está a salvo, nadie, si el niño loco lanza al azar su flecha, por divertirse un poco. Así ocurre que un niño travieso se divierte, y un hombre, un hombre triste, queda herido de muerte. Y más, cuando la flecha se le encona en la herida, porque lleva el veneno de una ilusión prohibida. Y el hombre arde en su llama de pasión, y arde, y arde Y ni siquiera entonces el amor llega tarde.
III No, yo no diré nunca qué noche de verano me estremeció la fiebre de tu mano en mi mano. No diré que esa noche que sólo a ti te digo, se me encendió en la sangre lo que soñé contigo. No, no diré esas cosas, y, todavía menos, la delicia culpable de contemplar tus senos. Y no diré tampoco lo que vi en tu mirada, que era como la llave de una puerta cerrada. Nada más. No era el tiempo de la espiga y la flor, y ni siquiera entonces llegó tarde el amor.