Poema del loco amor

Poema del loco amor

I No, nada llega tarde, porque todas las cosas tienen su tiempo justo, como el trigo y las rosas; sólo que, a diferencia de la espiga y la flor, cualquier tiempo es el tiempo de que llegue el amor. No, Amor no llega tarde. Tu corazón y el mío saben secretamente que no hay amor tardío. Amor, a cualquier hora, cuando toca a una puerta, la toca desde adentro, porque ya estaba abierta. Y hay un amor valiente y hay un amor cobarde, pero, de cualquier modo, ninguno llega tarde.

II Amor, el niño loco de la loca sonrisa, viene con pasos lentos igual que viene a prisa; pero nadie está a salvo, nadie, si el niño loco lanza al azar su flecha, por divertirse un poco. Así ocurre que un niño travieso se divierte, y un hombre, un hombre triste, queda herido de muerte. Y más, cuando la flecha se le encona en la herida, porque lleva el veneno de una ilusión prohibida. Y el hombre arde en su llama de pasión, y arde, y arde Y ni siquiera entonces el amor llega tarde.

III No, yo no diré nunca qué noche de verano me estremeció la fiebre de tu mano en mi mano. No diré que esa noche que sólo a ti te digo, se me encendió en la sangre lo que soñé contigo. No, no diré esas cosas, y, todavía menos, la delicia culpable de contemplar tus senos. Y no diré tampoco lo que vi en tu mirada, que era como la llave de una puerta cerrada. Nada más. No era el tiempo de la espiga y la flor, y ni siquiera entonces llegó tarde el amor.

Poema del renunciamiento

Pasarás por mi vida sin saber que pasaste. Pasarás en silencio por mi amor, y al pasar, fingiré una sonrisa, como un dulce contraste del dolor de quererte … y jamás lo sabrás.

Soñaré con el nácar virginal de tu frente; soñaré con tus ojos de esmeraldas de mar; soñaré con tus labios desesperadamente; soñaré con tus besos … y jamás lo sabrás.

Quizá pases con otro que te diga al oído esas frases que nadie como yo te dirá; y, ahogando para siempre mi amor inadvertido, te amaré más que nunca … y jamás lo sabrás.

Yo te amaré en silencio, como algo inaccesible, como un sueño que nunca lograré realizar; y el lejano perfume de mi amor imposible rozará tus cabellos … y jamás lo sabrás.

Y si un día una lágrima denuncia mi tormento, -el tormento infinito que te debo ocultar- yo te diré sonriente: “No es nada … ha sido el viento”. Me enjugaré la lágrima… ¡y jamás lo sabrás!

Poema del secreto

Puedo tocar tu mano sin que tiemble la mía, y no volver el rostro para verte pasar. Puedo apretar mis labios un día y otro día… y no puedo olvidar.

Puedo mirar tus ojos y hablar frívolamente, casi aburridamente, sobre un tema vulgar, puedo decir tu nombre con voz indiferente… y no puedo olvidar.

Puedo estar a tu lado como si no estuviera, y encontrarte cien veces, así como al azar…. puedo verte con otro, sin suspirar siquiera, y no puedo olvidar.

Ya ves: tú no sospechas este secreto amargo, más amargo y profundo que el secreto del mar… porque puedo dejarte de amar, y sin embargo… no te puedo olvidar!

Poema para olvidarte

Amar -nadie lo ignora- viene a ser como un juego: el juego de dos almas y el juego de dos vidas. Y hay quien gana y quien pierde. Tal vez lo sabrás luego, si yo logro olvidarte pero tú no me olvidas.

Yo sé por qué lo digo. La vida tiene un modo sutil de detenerse mientras sigue adelante, y una mujer bonita puede olvidarlo todo menos su última cita con su primer amante.

Por eso, allá… tan lejos.. en tus tardes de hastío, puede ser que comprendas que el hombre a quien quisiste llenó de mariposas tu corazón vacío y de fechas alegres tu calendario triste.

Y como tu pasado no pasó todavía tendrás que recordarme viendo en tu tocador aquellos espejuelos oscuros con que un día disimulaste un poco tus ojeras de amor.

Y yo sé que otro día, de rezos y conjuros, te dirán que me he muerto -yo sé que será así- y te pondrás los mismos espejuelos oscuros para que nadie sepa que lloraste por mí.

Se deja de querer…

Se deja de querer… y no se sabe por qué se deja de querer; es como abrir la mano y encontrarla vacía y no saber de pronto qué cosa se nos fue.

Se deja de querer… y es como un río cuya corriente fresca ya no calma la sed, como andar en otoño sobre las hojas secas y pisar la hoja verde que no debió caer.

Se deja de querer… Y es como el ciego que aún dice adiós llorando después que pasó el tren, o como quien despierta recordando un camino pero ya sólo sabe que regresó por él.

Se deja de querer… como quien deja de andar una calle sin razón, sin saber, y es hallar un diamante brillando en el rocío y que ya al recogerlo se evapore también.

Se deja de querer… y es como un viaje detenido en las sombras sin seguir ni volver, y es cortar una rosa para adornar la mesa y que el viento deshoje la rosa en el mantel.

Se deja de querer… y es como un niño que ve cómo naufragan sus barcos de papel, o escribir en la arena la fecha de mañana y que el mar se la lleve con el nombre de ayer.

Se deja de querer… y es como un libro que aún abierto hoja a hoja quedó a medio leer, y es como la sortija que se quitó del dedo y solo así supimos… que se marcó en la piel.

Se deja de querer… y no se sabe por qué se deja de querer.

Te acordarás

Te acordarás un día de aquel amante extraño que te beso en la frente para no hacerte daño.

Aquel que iba en la sombra con la mano vacía, porque te quiso tanto que no te lo decía.

Aquel amante loco que era como un amigo y que se fue con otra para soñar contigo

Te acordarás un día de aquel extraño amante, profesor de horas lentas, con alma de estudiante.

Aquel hombre lejano que volvió del olvido solo para quererte como nadie ha querido.

Aquel que fue ceniza de todas las hogueras y te cubrió de rosas sin que tu lo supieras.

Te acordarás un día del hombre indiferente que en las tardes de lluvia te besaba en la frente,

Viajero silencioso de las noches de estío que sembraba en la arena su corazón tardío.

Te acordarás un día de aquel hombre lejano, del que más te ha querido porque te quiso en vano.

Quizás así de pronto te acordarás un día de aquel hombre que a veces callaba y sonreía.

Tu rosal preferido se secará en el huerto como para decirte que aquel hombre se ha muerto.

El andará en la sombra con su sonrisa triste y únicamente entonces sabrás que lo quisiste.

Tu collar de perlas

Yo he visto perlas claras de inimitable encanto, de esas que no se tocan por temor a romperlas. Pero sólo en tu cuello pudieron valer tanto las burbujas de nieve de tu collar de perlas.

Y más, aquella noche del amor satisfecho, del amor que eterniza lo fugaz de las cosas, cuando fuiste un camino que comenzó en mi lecho y el rubor te cubría como un manto de rosas.

Yo acaricié tus perlas, sin desprender su broche, y las vi, como nadie nunca más podrá verlas, pues te tuve en mis brazos, al fin, aquella noche vestida solamente ¡con tu collar de perlas!