Estaba la mujer con sus dos senos, su única cabeza giratoria, la longitud de su sonrisa, el aire de estar y de alejarse sabiamente fingido.
Estaba rodeada de sí misma, de admiración opaca y compartida, bajo la oscura luz de las miradas.
La complacencia del estar henchía de estólida ternura los objetos cercanos.
Estaba en pie sumándose a su cuerpo. Las palabras sonaban conllevando sentidos superfluos y crasos.
Giraba la mujer.
Rebasaba su órbita como un pronunciamiento de todo lo que es bello, vacío, ritual, sonoro, triste.