Los cuerpos se quedaban del lado solitario del amor como si uno a otro se negasen sin negar el deseo y en esa negación un nudo más fuerte que ellos mismos indefinidamente los uniera.
¿Qué sabían los ojos y las manos, qué sabía la piel, qué retenía un cuerpo de la respiración del otro, quién hacía nacer aquella lenta luz inmóvil como única forma del deseo?