El pecado nacía como de negra nieve y plumas misteriosas que apagaban el rechinar sombrío de la ocasión y del lugar.
Goteaba exprimido con un jadeo triste en la pared del arrepentimiento, entre turbias caricias de homosexualidad o de perdón.
El pecado era el único objeto de la vida.
Tutor inicuo de ojerosas manos y adolescentes húmedos colgando en el desván de la memoria muerta.