Estabas desleída en la dulzura de los secretos jugos de tu cuerpo y te llevaba el agua como a una larga cabellera verde engendrada en los limas obstinados del fondo.
Era tu forma ese deshacimiento. Brotar. Fluir. Abandonarse. Bajaba el aire hasta los límites perfectos de tu piel. Blancura. Y ya oblicuo, el poniente la encendía para nacer de ti aquella tarde de qué lugar, qué tiempo, qué memoria.
(Orillas del Sar)