La mujer estaba desnuda.
Llegó un hombre, descendió a su sexo. Desde allí la llamaba a voces cóncavas, a empozados lamentos. Pero ella no podía bajar y asomada a los bordes sollozaba.
Después, la voz, más tenue cada día, ya se iba perdiendo en remotos vellones.
La mujer sollozaba.
Tendió grandes pañuelos en las lámparas rotas.
Vino la noche.
Y la mujer abrió de par en par sus inexhaustas puertas.