Que dé la viuda un gemido por la muerte del marido, ya lo veo;
pero que ella no se ría si otro se ofrece en el día, no lo creo.
Que Cloris me diga a mí: «Sólo he de quererte a ti», ya lo veo;
pero que siquiera a ciento no haga el mismo cumplimiento, no lo creo.
Que los maridos celosos, sean más guardias que esposos, ya lo veo;
pero que estén las malvadas, por más guardias, más guardadas, no lo creo.
Que al ver de la boda el traje, la doncella el rostro baje, ya lo veo;
pero que al mismo momento no levante el pensamiento, no lo creo.
Que Celia tome el marido por sus padres escogido, ya lo veo;
pero que en el mismo instante ella no escoja el amante, no lo creo.
Que se ponga con primor Flora en el pecho una flor, ya lo veo;
pero que astucia no sea para que otra flor se vea, no lo creo.
Que en el templo de Cupido el incienso es permitido, ya lo veo;
pero que el incienso baste, sin que algún oro se gaste, no lo creo.
Que el marido a su mujer permita todo placer, ya lo veo;
pero que tan ciego sea, que lo que vemos no vea, no lo creo.
Que al marido de su madre todo niño llame padre, ya lo veo;
pero que él, por más cariño, pueda llamar hijo al niño, no lo creo.
Que Quevedo criticó con más sátira que yo, ya lo veo;
pero que mi musa calle porque más materia no halle, no lo creo.