Concédenos, oh señor

Concédenos, oh señor

CONCÉDENOS, oh señor, la medida de nuestro infierno O, si no, una lucidez para vivir tranquilos. No esta desazón de la barca sin mar Ni puerto que la ampare? Que el amor también ha muerto. Haz de nosotros Tu pasto de sabiduría. Sángranos hasta amasar La alegría de la sangre con lo que del dolor nos queda. Configura nuestro cuerpo único A la medida de nuestra muerte única.

De “Disparos en el paraíso”, 1982