Oscuro dios de las profundidades, helecho, hongo, jacinto, entre rocas que nadie ha visto, allí, en el abismo, donde al amanecer, contra la lumbre del sol, baja la noche al fondo del mar y el pulpo le sorbe con las ventosas de sus tentáculos tinta sombría. Qué belleza nocturna su esplendor si navega en lo más penumbrosamente salobre del agua madre, para él cristalina y dulce. Pero en la playa que infestó la basura plástica esa joya carnal del viscoso vértigo parece un monstruo; y están matando / a garrotazos / al indefenso encallado. Alguien lanzó un arpón y el pulpo respira muerte por la segunda asfixia que constituye su herida. De sus labios no mana sangre: brota la noche y enluta el mar y desvanece la tierra, muy lentamente, mientras el pulpo se muere.