Las flores del mar

Las flores del mar

A la memoria de Jaime García Terrés

Danza sobre las olas, vuelo flotante, ductilidad, perfección, acorde absoluto con el ritmo de las mareas, la insondable música que nace allá en el fondo y es retenida en el santuario de las caracolas.

La medusa no oculta nada, más bien despliega su dicha de estar viva por un instante. Parece la disponible, la acogedora que sólo busca la fecundación, no el placer ni el famoso amor, para sentir: ­Ya cumplí, ya ha pasado todo. Puedo morir tranquila en la arena donde me arrojarán las olas que no perdonan.

Medusa, flor del mar. La comparan con la que petrifica a quien se atreve a mirarla. Medusa blanca como la X’Tabay de los mayas y la Desconocida que sale al paso y acecha desde el Eclesiastés al pobre deseo.

Flores del mar y el mal las Medusas. Cuando eres niño te advierten: Limítate a contemplarlas. Si las tocas, las espectrales te dejarán su quemadura, la marca a fuego, el estigma de quien codicia lo prohibido.

Quizá dijiste en silencio: ­Pretendo asir la marea, acariciar lo imposible.

Nunca lo harás: las medusas no son de nadie celestial o terrestre. Son de la mar que no es ni mujer ni prójimo.

Son peces de la nada, plantas del viento, quizá espejismos, gasas de espuma ponzoñosa

En Veracruz las llaman aguas malas.