A la memoria de Jaime Sabines
1 En las paredes de esta cueva pinto el venado para adueñarme de su carne, para ser él, para que su fuerza y su ligereza sean mías y me vuelva el primero entre los cazadores de la tribu.
En este santuario divinizo las fuerzas que no comprendo. Invento a Dios, a semejanza del Gran Padre que anhelo ser, con poder absoluto sobre la tribu.
En este ladrillo trazo las letras iniciales, el alfabeto con que me apropio del mundo al simbolizarlo. La T es la torre y desde allí gobierno y vigilo. La M es el mar desconocido y temible.
Gracias a ti, alfabeto hecho por mi mano, habrá un solo Dios: el mío. Y no tolerará otras deidades. Una sola verdad: la mía. Y quien se oponga a ella recibirá su castigo.
Habrá jerarquías, memoria, ley: mi ley: la ley del más fuerte para que dure siempre mi poder sobre el mundo.
2 Al contemplar por vez primera la noche me pregunté: ¿será eterna? Quise indagar la razón del sol, la inconstante movilidad de la luna, la misteriosa armada de estrellas que navegan sin desplomarse.
Enseguida pensé que Dios es dos: la luna y el sol, la tierra y el mar, el aire y el fuego, O es dos en uno: la lluvia / la planta, el relámpago / el trueno.
¿De dónde viene la lumbre del cielo? ¿La produce el estruendo? ¿O es la llama la que resuena al desgarrar el espacio? (como la grieta al muro antes de caer por los espasmos del planeta siempre en trance de hacerse).
¿Dios es el bien porque regala la lluvia? ¿Dios es el mal por ser la piedra que mata? ¿Dios es el agua que cuando falta aniquila y cuando crece nos arrastra y ahoga?
A la parte de mí que me da miedo la llamaré Demonio. ¿O es el doble de Dios, su inmensa sombra? Porque sin el dolor y sin el mal no existirían el bien ni el placer, del mismo modo que para la luz son necesarias las tinieblas.
Nunca jamás encontraré la respuesta. No tengo tiempo. Me perdí en el tiempo. Se acabó el que me dieron.
3 Ustedes, los que escudriñen nuestra basura y desentierren puntas de pedernal, collares de barro o lajas afiladas para crear muerte; figuras de mujeres en que intentamos celebrar el misterio del placer y la fertilidad que nos permite seguir aquí contra todo -enigma absoluto para nuestro cerebro si apenas está urdiendo el lenguaje-, lo llamarán mamut. Pero nosotros en cambio jamás decimos su nombre: tan venerado es por la horda que somos.
El lobo nos enseñó a cazar en manada. Nos dividimos el trabajo, aprendimos: la carne se come, la sangre fresca se bebe, como fermento de uva. Con su piel nos cubrimos. Sus filosos colmillos se hacen lanzas para triunfar en la guerra. Con los huesos forjamos insignias que señalan nuestro alto rango. Así pues, hemos vencido al coloso. Escuchen cómo suena nuestro grito de triunfo.
Qué lástima. Ya se acabaron los gigantes. Nunca habrá otro mamut sobre la tierra.
4 Mujer, no eres como yo pero me haces falta.
Sin ti seria una cabeza sin tronco o un tronco sin cabeza. No un árbol sino una piedra rodante.
Y como representas la mitad que no tengo y te envidio el poder de construir la vida en tu cuerpo, diré: nació de mí, fue un desprendimiento: debe quedar atada por un cordón umbilical invisible.
Tu fuerza me da miedo. Debo someterte como a las fieras tan temidas de ayer . Hoy, gracias a mi crueldad y a mi astucia, labran los campos, me transportan, me cuidan, me dan su leche y hasta su piel y su carne.
Si no aceptas el yugo, si queda aún como rescoldo una chispa de aquellos tiempos en que eras reina de todo, voy a situarte entre los demonios que he creado para definir como El Mal cuanto se interponga en mi camino hacia el poder absoluto.
Soledad de la campana
Soledad de la campana.
Le dice adiós al tañido. Último son de su bronce,
flecha ardiente en el silencio. Vaga en busca de los ecos
pero nadie le contesta.
Tarde o temprano
Homenaje a Nezahualcoyotl *
I No tenemos raíces en la tierra. No estaremos en ella para siempre: sólo un instante breve.
También se quiebra el jade y rompe el oro y hasta el plumaje de quetzal se desgarra.
No tendremos la vida para siempre: sólo un instante breve.
II En el libro del mundo Dios escribe con flores a los hombres y con cantos les da luz y tinieblas.
Después los va borrando: guerreros, príncipes, con tinta negra los revierte a la sombra
No somos reyes: somos figuras en un libro de estampas.
III Dios no fincó su hogar en parte alguna. Solo, en el fondo de su cielo hueco, está Dios inventando la palabra.
¿Alguien lo vio en la tierra?
Aquí se hastía, no es amigo de nadie.
Todos llegamos al lugar del misterio.
IV De cuatro en cuatro nos iremos muriendo aquí sobre la tierra.
Somos como pinturas que se borran, flores secas, plumajes apagados.
Ahora entiendo este misterio, este enigma: el poder y la gloria no son nada: con el jade y el oro bajaremos al lugar de los muertos.
De lo que ven mis ojos desde el trono no quedará ni el polvo en esta tierra.
* A partir de las traducciones de Angel María Garibay y Miguel León Portilla.
Un marine
Quiso apagar incendios con el fuego. Murió en la selva de Vietnam y en vano.
Un poeta novohispano
Como se ahogaba en su país y era imposible decir una palabra sin riesgo Como su vida misma estaba en manos de una sospecha una delación un proceso el poeta llenó el idioma de una flora salvaje Proliferaron estalactitas de Bizancio en sus versos
Acaso fue rebelde acaso comprendió la ignominia de lo que estaba viviendo El criollo resentido y cortés al acecho del momento en que se adueñaría de la patria ocupada por hombres como sus padres en consecuencia más ajenos más extranjeros más invasores todavía
Acaso le dolió tener que escribir públicamente tan sólo panegíricos versos cortesanos Sus poemas verdaderos en los que está su voz los sonetos que alcanzan la maestría del nuevo arte a la sombra de Góngora es verdad pero con algo en ellos que no es enteramente español los sembró noche a noche en la ceniza
Han pasado los siglos y alimentan una ciega sección de manuscritos