Gracias señor...

Gracias señor…

Gracias, Señor, porque estás todavía en mi palabra; porque debajo de todos mis puentes pasan tus aguas. Piedra te doy, labios duros, pobre tierra acumulada, que tus luminosas lenguas incesantemente aclaran. Te miro; me miro. Hablo; te oigo. Busco; me aguardas. Me vas gastando, gastando. Con tanto amor me adelgazas que no siento que a la muerte me acercas… Y sueño… Y pasas…

Vas a pasar, Señor, ya sé quién eres; tócame por si no estoy bien despierto. Soy hombre, ¿me ves?, soy todo el hombre. Mírame Tú, Señor, si no te veo. No hay horas, no hay reloj, ni hay otra fuerza que la que Tú me des, ni hay otro empleo mejor que el de tu viña… Pasa… Llama… Vuelve a llamarme…

¿Qué hora es? No cuento ya bien. ¿Es la de la sexta?, ¿la de nona?, ¿la undécima? ¿o ya es tarde? Pasa… Quiero seguir, seguirte…

Llama. Estoy perdido; estoy cansado; estoy amando, abriendo mi corazón a todo todavía… Dime que estás ahí, Señor; que dentro de mi amor a las cosas Tú te escondes, y que aparecerás un día lleno de ese amor mismo ya transfigurado en amor para Ti, ya tuyo. ¡Grita! ¡Nómbrame, para saber que todavía es tiempo!… Hace frío…

¿Será que la hora undécima ha sonado en la nada?… Avanzo, muerto de impaciencia de estar en Ti, temblando de Ti, muerto de Dios, muerto de miedo. Yo soy el hombre, el hombre, tu esperanza, el barro que dejaste en el misterio.