Se oye levísima la voz del viento. Suena entre los árboles quizá como nunca sonó. La noche nace como un río de las manos mismas de Dios.
Yo miro desde mi ventana. Yo no rezo ni lloro. Yo no pregunto ni espero. Miro. Te sé mirándome, Señor. Desorbitadamente quieta está la noche entre los dos.
¿Qué mandato el de tu palabra? qué música la de tu voz? No hay nadie. No, Señor; no hay nadie. Solo con mi silencio estoy. Solo contigo. Me das miedo. ¿Y a Ti no te doy miedo yo?
La noche es una espada fría que amenaza con su fulgor. Luchamos denodadamente para ganarnos. ¡Cuánto amor nos dejamos en la batalla! Los caballos de mi pasión piafan inquietos en la sangre, pero tu ejército es peor.