Cuando me mira los faroles rojos en la orilla del mar, mi pescador, el de profundos ojos, pone sus negras redes a pescar.
( El mar ante la noche se ilumina, y sus olas doradas, al nacer, florecen como un ansia repentina en ojos de mujer. )
Pez de luna bruñida no se pesca, pescador. Agua del golfo, la ondulada y fresca, deja que riegue la orilla con amor.
No persigas la forma del lucero, que ni el agua dormida la dará; si él, como un sonámbulo viajero, sólo viene y se va.
Que, pobres, las corrientes y la charca encierran ilusión, y ajenos al peligro de tu barca vienen sueños de luz al corazón.
Con los ojos, ya tímidos, escarbas en los mares rebeldes a cincel, y puede correr llanto por tus barbas de serpientes de miel.
El agua misma, la ondulada y fresca, ponga un poco de sol en tu dolor. ¡Pez de luna bruñida no se pesca, pescador!