Tu destrucción se gesta en la codicia de esta sed, toda tacto, asoladora, que deshecha, no viva, te atesora en el nimio caudal de la noticia.
Te miro ya morir en la caricia de tus ecos, en esa ardiente flora que, nacida en tu ausencia, la devora para mentir la luz de tu delicia.
Pues no eres tú, fluente, a ti anudada. Es belleza, no más, desgobernada que en ti porque la asumes se consuma.
Es tu muerte, no más, que se adelanta, que al habitar tu huella te suplanta con audaces resúmenes de espuma.