A Vicente Aleixandre
Los hombres graves desaparecieron después de haber clavado al mediodía su bastón de solemnidad.
Quedó sola la estatua. y quedó el niño a su sombra, riendo. Era evidente s como la hoja verde; inexplicable también como la hoja verde.
¿Qué hacía el niño aquel? ¿Quién era? ¿Cómo vino hasta allí? y ¿por qué? Súbitamente el niño desapareció. Y no como los hombres de antes, esos del canto llano del discurso.
No: como un ángel o una melodía; así fue: como el viento o el amor.
La estatua aquella señalaba hacia el lugar justo del hombre, el que rompía sus cadenas, lágrima a lágrima. Y su exvoto era la propia estatua, cincelada verso a verso, imán para el recuerdo, testimonio liberador, inmortalizador. Allí, donde indicaba el brazo. Allí estaría el poeta, el hombre, oculto, acechando su gloria, imaginando lo por venir. Detrás de los arriates estaría su vida clara, sin peso. Entré…
Allí estaba el niño. Y comprendí.