Preludio

Preludio

Después de miles, de millones de años, mucho después de que los dinosaurios se extinguieran, llegaba a este lugar. Lo acompañaban otros como él, erguidos como él (como él, probablemente, algo encorvados).

A partir de onomatopeyas , de monosílabos, gruñidos, desarrolló un sistema de secuencias sonoras. Podría así memorizar sucesos del pasado, articular sus adivinaciones, pues el presente -él lo intuía- no comienza ni finaliza en sí mismo, sino que es punto de intersección entre lo sucedido y lo por suceder, llama entre la madera y la ceniza.

Los sonidos domesticados decían mucho más de lo que decían (originaban círculos concéntricos -como la piedra arrojada al agua- que se multiplicaban, se expandían, se atenuaban hasta regresar a la lisura y el sosiego): y todos percibían su esencia misteriosa que no sabían descifrar.

Con reverencia temerosa escuchaban mensajes tan incomprensibles como los de la llama, la ola, el trueno (tal vez con la misma inquietud con que escuchamos al doctor que diagnostica nuestro mal utilizando tecnicismos nunca oídos, de manera que no sabemos si -impasible y profesional- es nuestra muerte lo que anuncia o es la vida).

Nadie comprendió entonces sus palabras. Por eso andan, ahora, las palabras pasando por los vientos, ávidas de que alguno las recoja siglos después de pronunciadas. Y aquí están aguardando que alguno las escuche, aquí en el lugar mismo en donde fueron pronunciadas, aquí donde confluyen Broadway y la Séptima Avenida. Fue aquí donde él me vio, donde narró la crónica de este instante en que estoy evocándolo. Aquí, entre anuncios luminosos, en la ciudad de Nueva York.

De “Cuaderno de Nueva York” 1998