Un instante vacío de acción puede poblarse solamente de nostalgia o de vino. Hay quien lo llena de palabras vivas, de poesía (acción de espectros, vino con remordimiento).
Cuando la vida se detiene, se escribe lo pasado o lo imposible para que los demás vivan aquello que ya vivió (o que no vivió) el poeta. Él no puede dar vino, nostalgia a los demás: sólo palabras. Si les pudiese dar acción…
La poesía es como el viento, o como el fuego, o como el mar. Hace vibrar árboles, ropas, abrasa espigas, hojas secas, acuna en su oleaje los objetos que duermen en la playa. La poesía es como el viento, o como el fuego, o como el mar: da apariencia de vida a lo inmóvil, a lo paralizado. Y el leño que arde, las conchas que las olas traen o llevan, el papel que arrebata el viento, destellan una vida momentánea entre dos inmovilidades.
Pero los que están vivos, los henchidos de acción, los palpitantes de nostalgia o vino, esos… felices, bienaventurados, porque no necesitan las palabras, como el caballo corre, aunque no sople el viento, y vuela la gaviota, aunque esté seco el mar, y el hombre llora, y canta, proyecta y edifica, aun sin el fuego.
Me acuerdo de los árboles de Dublín.
(Imaginar y recordar se superponen y confunden; pueblan, entrelazados, un instante vacío con idéntica emoción. Imaginar y recordar…)
Me acuerdo de los árboles de Dublín… Alguien los vive y los recuerdo yo. De los árboles caen hojas doradas sobre el asfalto de Madrid. Crujen bajo mis pies, sobre mis hombros, acarician mis manos, quisieran exprimirme el corazón. No sé si lo consiguen…
Imaginar y recordar… Hay un momento que no es mío, no sé si en el pasado, en el futuro, si en lo imposible… Y lo acaricio, lo hago presente, ardiente, con la poesía.
No sé si lo recuerdo o lo imagino. (Imaginar y recordar me llenan el instante vacío.) Me asomo a la ventana. Fuera no es Dublín lo que veo, sino Madrid. Y, dentro, un hombre sin nostalgia, sin vino, sin acción, golpeando la puerta.
Es un espectro que persigue a otro espectro del pasado: el espectro del viento, de la mar, del fuego -ya sabéis de qué hablo-, espectro que pueda hacer que cante, hacer que vibre su corazón, para sentirse vivo.
De “Libro de las alucinaciones” 1964