Descaminada, enferma y peregrina la estéril tierra piso: ocúltase la luz que me encamina, y tiemblo de improviso. Airado el Aquilón tronca las plantas, silbando en las cavernas: suspenden sus dulcísimas gargantas las avecillas tiernas. Marchítanse estos prados cuando miran el fuego de mis ojos; las florecillas de ellos se retiran, armándose de abrojos. Copian mi rostro pálido las fuentes, y enturbian sus cristales; huyen de mí las fieras inclementes con bramidos fatales. ¿Quién les dijo mi mal. ¿Quién les dio cuenta de mi dolor callado, cuando el ardor que el alma me atormenta decir me está vedado. ¿No te basta, cuitada, el miedo extraño que dentro el alma siente, sin que todas las cosas en tu daño se muestren inclementes. Llora, ¡ay mísera!, llora, pues el llanto sólo a tu mal conviene: y ni en hombres y en fieras tu quebranto remedio alguno tiene.