Había anotado en una hoja de papel cuadriculado unos números.
Quemé la hoja no había quemado los números.
Me acerqué a la ventana contemplé un canal de aguas pensé en el salto del delfín: una garza posándose en las marismas.
Estas aves se nutren de mariscos minúsculos.
Pegué la frente al cristal de la ventana entrecerrando los ojos: estas garzas crecen vuelan procrean nutriéndose de unos mariscos del tamaño de la punta de mis dedos.
¿Y eso es de Dios? ¿Eso, de Dios? Quemé (muy adentro) los números.
Y me senté en la silla de pino al pie de la ventana a leer en voz alta los Cantos de Novalis que publicó su amigo Tieck: leí hasta el oscurecer canturreando hasta entrada la madrugada sobre fiestas tranquilas (stille Peste) que yo recuerde así fueron también en altos (piso segundo) detrás de una ventana (Estrada Palma) el único número que aún queda inscrito en mis sienes (515) aparece desdibujado a la entrada.