Mi corazón, mi vida, mi sangre enarbolada, bajo esta noche hosca, tumbada como un perro, te busca para siempre, honda huella del llanto, para estrechar tu alma estremecida y pura contra este pecho mío tan grande como el mundo.
Quiero tenerte aquí, quiero hundir tu tristeza con el hacha amorosa de mi ardiente alegría. Quiero, como una llama, arrancarte la duda y probar que el dolor nos enseña la herida. Mi amor no muere nunca, pero renace siempre. Esta noche se ha alzado con la verdad desnuda como una espada inmensa cuando sueña en la muerte aferrándose al puño que conduce su vida. Tú calmarás mi fiebre, yo beberé en tus manos, me miraré en tus ojos cuando encontrarme quiera. De cada día haremos un corto paraíso, una conquista nueva arrancada al vacío. Serán cortas las horas, los meses y los años para tanta hermosura en esta dicha altísima…
Aquí estoy, en la noche, llorando como un niño, frágil cuerpo de hombre que estremecido espera.
Alrededor de ti crezco como la hierba junto a la encina clara que le presta su sombra. Porque en tu sombra habito y para ti me alzo, corazón, hacia arriba, sangre mía cimera, en busca de tu tierna delicadeza fresca que en un talle dulcísimo se me entrega ofrecida.
No quiero más, me basta, se me sosiega el ímpetu. Como el agua a la mano me ciño a tu presencia y te mojo la entraña de amor inexpresable.
Quiero vivir amándote, quiero morir contigo, quiero que nuestras sangres circulen paralelas asta que nuestros cuerpos se pudran en la tierra.