Cuerpo inclemente, circundado por un vaho de frutas, desguazándose en la tórrida herrumbre portuaria, ¿no eran los labios como orquídeas mojadas de guarapo, no tenían los ojos mandamientos de cocuyos y allí se enmarañaban la excitación y la indolencia?
Mórbida efigie de esmeralda y musgo, entrechocan sus pechos entre la mayestática cochambre de la noche.
Desnuda antes que alerta y disponible, desnuda nada más, desmemoriada sobre un cuero de res, el vientre húmedo de salitre y en el cuello el amuleto pendular de un dado cuyo rigor jamás aboliría los tercos mestizajes del azar.
Rauda la carne y prieta como un sesgo de iguana, surca los fosos coloniales, deposita en las inmediaciones del marasmo una aromática cadencia a maraca y sudor y marigüana, mientras cumple el amor su ciclo de putrefacta lozanía en el nocturno ritual del trópico.