Cuarto creciente

Cuarto creciente

Cuando Aljarifa recorrió la alfombrada penumbra de aquel burdel de Chauen, todo el lujoso azogue de su cuerpo adquirió un grado de desnudez deslumbradoramente irracional. Carne inconclusa donde anidaban todavía las liendres del peregrinaje, se hizo de pronto insurgente y plenaria como la de una virgen en la inminencia del degüello. Cerca de allí se abrían las tiendas de los nómadas y una enfermiza música se iba dignificando entre las hojalatas y los vellocinos. La habitación olía a almoraduj y a papeles de Armenia, mientras un vaho de animales nacidos en cautividad salía del mullido sopor de las almohadas. Y así hasta que el tiempo se detuvo en un friso taraceado de estrellas de albayalde, entre cuyos emblemas discurría una luz acrobática parecida al letargo. Pero ella, la regidora del cuarto creciente, era una flor lasciva instalada en la noche. Era la araña que copula sin dejar de bailar entre una algarabía de ajorcas y sonajas. El esmaltado vientre vibraba en el diván como un espasmo de pandero y un mundo de sacrales lujurias sincopaba de pronto la rítmica hegemonía de los pezones. Canon de la hermosura, su único error había consistido en rasurarse el pubis cuando medio entendió que descendía por línea colateral de los Abencerrajes.