Vuelvo a la habitación donde estoy solo cada noche, almacén de los días caídos ya en su espejo naufragable. Allí, entre testimonios maniatados, yace inmóvil mi vida: sus papeles de tornadizo sueño. La madera, el temblor de la lámpara, el cristal visionario, los frágiles oficios de los muebles, guardan bajo sus apariencias el continuo regresar de mis años, la espesura tenaz de mi memoria, toda la confluencia simultánea de torrenciales cifras que me inundan.
Mundo recuperable, lo vivido se congrega impregnando las paredes donde de nuevo nace lo caduco. Reconstruidas ráfagas de historia juntan el porvenir que soy. Oh habitaci6n a oscuras, súbitamente diáfana bajo el fanal del tiempo repetible.
Suenan rastros de luz allá en la noche. Estoy solo y mis manos ya denegadas, ya ofrecidas, tocan papeles (este amor, aquel sueño), olvidadas siluetas, vaticinios perdidos. Allí mi vida a golpes la memoria me orada cada día.
Imagen ya de mi exterminio, se realiza de nuevo cuanto ha muerto. Mi propia profecía es mi memoria: mi esperanza de ser lo que ya he sido.
“Memorias de poco tiempo” 1954
Mil veces he intentado decirte que te quiero, mas la ardorosa confesión, mi vida, se ha vuelto de los labios a mi pecho. ¿Por qué, niña? Lo ignoro, ¿Por qué? Yo no lo entiendo, Son blandas tu sonrisa y tu mirada, dulce es tu voz, y al escucharla tiemblo. Ni al verte estoy tranquilo, ni al hablarte sereno, busco frases de amor y nos la hallo. No sé si he de ofenderte y tengo miedo. Callando, pues, me vivo y amándote en silencio, sin que jamás en tus dormidos ojos sorprenda de pasión algún destello. Dime si me comprendes, si amarte no merezco. Di si una imagen en el alma llevas… Mas no… no me lo digas…¡tengo miedo! Pero si el labio calla, con frases de los cielos deja, mi vida, que tus ojos digan a mis húmedos ojos… ya os entiendo. Deja escapar el alma los rítmicos acentos de esa vaga armonía, cuyas notas tiene tan sólo el corazón por eco. Deja al que va cruzando por áspero sendero, que si no halla la luz en la ventana, tenga la luz de la esperanza al menos. Callemos en buena hora pues que al hablarte tiemblo, mas deja que las almas, uno a uno, se cuenten con los ojos sus secretos… Dejemos que se digan en ráfagas de fuego confidencias que escuche el infinito frases mudas de encanto y de misterio. Dejemos, si lo quieren, que estallen en un beso, beso puro que engendren las miradas y suba sin rumor hasta los cielos. Dime así que me entiendes, que sientes lo que siento, que es el porvenir de luz y flores y que tan bello porvenir es nuestro. Di que verme a tus plantas es de tu vida el sueño, dime así cuanto quieras…. cuanto quieras. De que me hables así… no tengo miedo.
Cuando leía porfiadamente y no sin desazón a Henry Miller, iba acordándome a trechos de muchas horas canceladas, rostros desdibujados en algún rincón, lugares de inquietante vivir. Era penosa la experiencia y más que nada turbadora por simple: asistía como mi propio espectador al paso de emociones, cuerpos, actos sexuales que yo mismo veía ejecutados por otro en mi memoria y que se restauraban con un nuevo contexto en el presente.
La práctica de ciertos mimetismos del recuerdo puede llegar a subvertir el orden de esa usura de amor que el tiempo salda. Y Henry Miller, transgresor de leyes, irritante por próximo, furiosamente obseso de su intimidad, no suponía para mí más que un tenaz motivo de recuento de situaciones olvidadas: cuartos de hotel, burdeles, laberintos de citas donde un cuerpo siempre se hacía vagamente clandestino, imágenes ajadas como evanescentes fotografías, hábitos de una noche. Pero un hostil y subrepticiamente enajenado reencuentro conmigo, sostenía el agobiante afán de cotejar datos que sólo en parte me importaban.
Equívoca constancia de unos hechos reconstruidos con retazos de otros: no en el amor sino en su deterioro se reagrupan los fragmentos vividos.
Como ciertas alucinantes fábulas de Lawrence Durrel o de Sade (las que coinciden tal vez en descifrar los infortunios de Justine), la intervención de Miller agotaba en mi memoria toda posibilidad de ir acotando la experiencia sin conjurar su lastre: nombres aletargados, episodios de efímero futuro, leves fraudes de amor que el aluvión del tiempo confundía con las suplantaciones del orgasmo.
Espejo de violencia de tanto azar de juventud, híbrida educación, solitario o múltiple terraplén de erotismo, no podía atestiguarme sino con mi propia represión inicial, abierta luego a otras coherentes formas del amor.