Mimetismo de la experiencia

Mimetismo de la experiencia

Cuando leía porfiadamente y no sin desazón a Henry Miller, iba acordándome a trechos de muchas horas canceladas, rostros desdibujados en algún rincón, lugares de inquietante vivir. Era penosa la experiencia y más que nada turbadora por simple: asistía como mi propio espectador al paso de emociones, cuerpos, actos sexuales que yo mismo veía ejecutados por otro en mi memoria y que se restauraban con un nuevo contexto en el presente.

La práctica de ciertos mimetismos del recuerdo puede llegar a subvertir el orden de esa usura de amor que el tiempo salda. Y Henry Miller, transgresor de leyes, irritante por próximo, furiosamente obseso de su intimidad, no suponía para mí más que un tenaz motivo de recuento de situaciones olvidadas: cuartos de hotel, burdeles, laberintos de citas donde un cuerpo siempre se hacía vagamente clandestino, imágenes ajadas como evanescentes fotografías, hábitos de una noche. Pero un hostil y subrepticiamente enajenado reencuentro conmigo, sostenía el agobiante afán de cotejar datos que sólo en parte me importaban.

Equívoca constancia de unos hechos reconstruidos con retazos de otros: no en el amor sino en su deterioro se reagrupan los fragmentos vividos.

Como ciertas alucinantes fábulas de Lawrence Durrel o de Sade (las que coinciden tal vez en descifrar los infortunios de Justine), la intervención de Miller agotaba en mi memoria toda posibilidad de ir acotando la experiencia sin conjurar su lastre: nombres aletargados, episodios de efímero futuro, leves fraudes de amor que el aluvión del tiempo confundía con las suplantaciones del orgasmo.

Espejo de violencia de tanto azar de juventud, híbrida educación, solitario o múltiple terraplén de erotismo, no podía atestiguarme sino con mi propia represión inicial, abierta luego a otras coherentes formas del amor.

Música de fondo

Llega el momento de decir la palabra y se la deja fluir, se la ayuda a resbalar entre los labios, anclada ya en sus límites de tiempo. La palabra se funda a ella misma, suena allá en el corazón del que la habla y trepa poco a poco hasta nacer y antes es nada y sólo una verdad la hace constancia de algo irrepetible.

Súbitamente esa palabra aumenta el hallazgo caudal de la memoria, boga sobre los hombres que la escuchan, gira anhelante entre vislumbres y se alza más y más y se perfila, pule sus bordes balbucidos, se nivela entre sueños.

Después inicia su holocausto. Función de amor o de vileza, la palabra se gasta en los oídos, puebla sus márgenes de brozas, se torna vana, amago de un aliento, oscuridad final y sin sentido. Está cayendo ya hecha pedazos. Rescoldos sumergidos, restos de rescates sin fondo, flota y flota sobre las intenciones proferidas, entre el silencio de las conjeturas.

Es nada la palabra que se dijo (no importa que se escriba para querer salvarla), es nada y lo fue todo: la música del mundo y su apariencia.

“Memorias de poco tiempo” 1954

No tengo nada que perder

Aquel nocturno yerbazal, al borde del declive de acebos, ciegamente buscado entre el vislumbre del amor, bajo el troquel efímero de la naciente luna ciñe con sus trémulos odres toda la historia de mi vida, el privilegio de mi junta y profética memoria, y allí estará mi vocación gestándose, cómplice cuerpo transitorio fronterizo del mío para nunca.

La tierra genital, los estandartes fugitivos del sueño, la prohibida palabra, permanecen junto al amor que escribo, tachan con su verdad los nombres de mi boca.

Compartida codicia, ¿qué haré con este cuerpo sin el tuyo?

Subí desde la sombra hasta la luz, puse mi mano en el aire vacío. Aquí me entrego, dije, no tengo nada que perder. Cuántos turbadores resquicios fraudulentos se desvelaron para mí, mientras anduve tropezando.

En la pared aquella, cerca de la hondonada parpadeante, bajo el metal marítimo fundido entre los dos, fui desnudado del lastre primerizo de mi alma y levanté los ojos hacia el cuerpo aterido. Aquí me entrego, dije, preso estoy .en mi propia libertad.

Solícito el silencio se desliza por la mesa nocturna…

Solícito el silencio se desliza por la mesa nocturna, rebasa el irrisorio contenido del vaso. No beberé ya más hasta tan tarde: otra vez soy el tiempo que me queda. Detrás de la penumbra yace un cuerpo desnudo y hay un chorro de música hedionda dilatando las burbujas del vidrio. Tan distante como mi juventud, pernocta entre los muebles el amorfo, el tenaz y oxidado material del deseo. Qué aviso más penúltimo amagando en las puertas, los grifos, las cortinas. Qué terror de repente de los timbres. La botella vacía se parece a mi alma.

De “Laberinto de fortuna” 1984

Suplantaciones

Unas palabras son inútiles y otras acabarán por serlo mientras elijo para amarte más metódicamente aquellas zonas de tu cuerpo aisladas por algún obstinado depósito de abulia, los recodos quizá donde mejor se expande ese rastro de tedio que circula de pronto por tu vientre,

y allí pongo mi boca y hasta la intempestiva cama acuden las sombras venideras, se interponen entre nosotros, dejan un barrunto de fiebre y como un vaho de exudación de sueño y otras cavernas vespertinas,

y ya en lo ambiguo de la noche escucho la predicción de la memoria: dentro de ti me aferro igual que recordándote, subsisto como la espuma al borde de la espuma mientras se activa entre los cuerpos la carcoma voraz de estar a solas.

Un cuerpo está esperando

Detrás de la cortina un cuerpo espera. Nada es verdad si no es su encarnizada inminencia, esa insaciable culpa que a mí mismo me absuelvo aborreciéndome. Nada es verdad. Un cuerpo está esperando tras el mudo estertor de la cortina.

En la oquedad propicia del instante que mientras más deseo más maldigo, quiero amar este cuerpo, que él no muera hasta que su orfandad esté cumplida.

Paredes resignadas, tinto el suelo de mercenaria obstinación, allí nos conducimos mutuamente al voraz simulacro de la vida. (La amarra del amor nos hace libres.) Sólo yo estoy suspenso del engaño: movible fuego oscuro, mi memoria consume sus fronteras entre las turbias órdenes del tiempo. De todo cuanto amé, nada logró sobrevivir a las abdicaciones. (La noche se agazapa entre las telas que un falaz movimiento hace carnales.)

Una mentira sólo está esperando detrás de la cortina. Soy mi enemigo: consisto en mi deseo, busco a ciegas la luz, me reconozco después de extraviarme, despedazo ese espejo de muerte en que el placer se asoma, expío con mi turno de amor mi propia vida. De un hilo funeral pendiente el cuerpo, ya no es posible reducir su lastre.

Versículo de génesis

Por las ventanas , por los ojos de cerraduras y raíces, por orificios y rendijas y por debajo de las puertas, entra la noche.

Entra la noche como un trueno por los rompientes de la vida, recorre salas de hospitales, habitaciones de prostíbulos, templos, alcobas, celdas, chozos, y en los rincones de la boca entra también la noche.

Entra la noche como un bulto de mar vacío y de caverna, se va esparciendo por los bordes del alcohol y del insomnio, lame las manos del enfermo y el corazón de los cautivos, y en la blancura de las páginas entra también la noche.

Entra la noche como un vértigo por la ciudad desprevenida, rasga las sábanas más tristes, repta detrás de los cobardes, ciega la cal y los cuchillos y en el fragor de las palabras entra también la noche.

Entra la noche como un grito por el silencio de los muros, propaga espantos y vigilias, late en lo hondo de las piedras, abre los últimos boquetes entre los cuerpos que se aman, y en el papel emborronado entra también la noche.

Vivo allí donde estuve

Desde un lugar que aprendo a recorrer cada mañana, vuelvo sobre mis pasos y te espero allí donde estoy solo.

Matinal ofertorio del sueño, escribo el nombre de tu vida, te vas desentrañando entre las hoscas hojas traicionadas en la noche. Eres la reclusión donde me sacio, el acuciante azar en que te tengo cada día, amor propiciatorio que reúne lo perdido.

Vivo allí donde estuve, junto al mar delirante, libre velocidad inmóvil orillada de fuego, bosque lustral de la alegría.

¿Qué me queda de aquel itinerario, habitaciones clandestinas, bautismales refugios de única verdad, qué me queda detrás del sortilegio? Ser feliz un instante y perderte, mientras vuelvo sobre mis pasos cada día.