No tengo nada que perder

No tengo nada que perder

Aquel nocturno yerbazal, al borde del declive de acebos, ciegamente buscado entre el vislumbre del amor, bajo el troquel efímero de la naciente luna ciñe con sus trémulos odres toda la historia de mi vida, el privilegio de mi junta y profética memoria, y allí estará mi vocación gestándose, cómplice cuerpo transitorio fronterizo del mío para nunca.

La tierra genital, los estandartes fugitivos del sueño, la prohibida palabra, permanecen junto al amor que escribo, tachan con su verdad los nombres de mi boca.

Compartida codicia, ¿qué haré con este cuerpo sin el tuyo?

Subí desde la sombra hasta la luz, puse mi mano en el aire vacío. Aquí me entrego, dije, no tengo nada que perder. Cuántos turbadores resquicios fraudulentos se desvelaron para mí, mientras anduve tropezando.

En la pared aquella, cerca de la hondonada parpadeante, bajo el metal marítimo fundido entre los dos, fui desnudado del lastre primerizo de mi alma y levanté los ojos hacia el cuerpo aterido. Aquí me entrego, dije, preso estoy .en mi propia libertad.