_Algún Dios de amor avía Cartagena
Como la adormidera del desierto Juan Arolas
La súbita luz de este conocimiento, surgido en medio del horror, obró un efecto extraordinario en mí_ Henry James
Son cosas que suceden en los hoteles. Cuando un hombre llega, aburrido, tira la chaqueta en la cama, se sirve un vodka, y con rostro impenetrable conecta el aparato de la televisión.
Es raro que acontezca algo notable. Pero aquella noche -oh ebria la Fortuna- nada más encenderse, apareció en pantalla un rostro único, admirable, perfecto, inteligente, cómplice. Me aguardaba como las panteras acechan a su presa. Era Sharon Stone. Me dije: No es posible. Y contemplé la imbecilidad de aquella película como cuando recorro el Canal Grande de Venezia, sin dejar de asombrarme. No es que uno sea demasiado impresionable. Le aseguro al lector haber pasado trances de esta índole, muy altos. Pero el gesto y la mirada de la Stone, son otra cosa. Y si entonces -y hoy- porque ese rostro, esa boca, esos ojos, ese gesto estuviera en mi cama, me pidieran releer ya nunca a Stendhal, yo aceptara. Porque gozar a una mujer así no es placer inferior ni acaso de otra especie que escuchar la Misa en sí menor de Bach en Chartres, que acarician la carne del crepúsculo sobre Istanbul o que leer a Píndaro en voz alta desde Delfos. Meter la lengua en esa boca y recibir la suya, debe ser ¡Dios! como la sacudida en la inteligencia cuando se lee a Shakespeare o a Borges, o a Nabokov, como lo que debió sentir Colón al oler la tierra. Sentir cómo ese cuerpo se abandona al placer, ver enturbiarse esa mirada, no es de rango menor que comprender el Panteón. Y hay que ver, todo eso, con la cantidad de excitantes pensamientos a que después diera lugar, con lo que ha enriquecido mi vida y mi memoria,
es algo que sucede, así, sin pretenderlo, una noche de tantas, por ir a dar una conferencia en Barcelona, en una habitación de hotel, de pronto, como dicen que veía Mozart, o los santos, a Dios.