Huyen, ebrios de asalto, matanza y rebelión a su guarida, encima de la cúspide enhiesta; tienen miedo a la muerte que implacable se apresta y husmean en las sombras un olor a león.
Arrasando la hidra y el ágil estelión cruzan valles, torrentes; y su marcha funesta nada impide; pues saben que ya escalan la cuesta del Ossa, del Olimpo y el lóbrego Pelión.
A veces un centauro brusco yérguese, y listo al rebaño fraterno con presteza instantánea vuelve de un salto, lleno de pavor, porque ha visto
a la luz de la luna, blanca y rútila gema, prolongarse a sus ojos, con angustia suprema, el horror gigantesco de la sombra herculánea.
Versión de Otto de Greiff