Es la noche de la triste remembranza; en amplio salón cuadrado, de amarillo iluminado, a la hora de maitines principia la angustiosa contradanza de los difuntos delfines. Tienen ricos medallones terciopelos y listones; por nobleza, por tersura son cual de Van Dyck pintura; mas, conservan un esbozo, una llama de tristura como el primo, como el último sollozo. Es profunda la agonía de su eterna simetría; ora avanzan en las fugas y compases como péndulos tenaces de la última alegría. Un Saber innominado, abatidor de la infancia, sufrir los hace, sufrir por el pecado de la nativa elegancia. y por misteriosos fines, dentro del salón de la desdicha nocturna, se enajenan los delfines en su danza taciturna.