tropieza con mi idea de mí mismo y veo aparecer en el espejo a un ser inesperado, insospechado, que me mira con ojos que son míos.
Ese desconocido que soy yo. Ese al que los demás se dirigían al dirigirse a mí, sin yo saberlo. Ese irreconocible ser inmóvil que inspecciona mis rasgos hoscamente.
En vano apremio al otro, el verdadero, a aquel que unos segundos antes yo era. Sólo está frente a mí, con ceño adusto, ese desconocido inesperado que me mira con ojos que son míos. * * * * *
-«Será un fugaz defecto de mi vista. O mi retina habrá atrapado al vuelo una imagen disforme, ahora atascada».
Y llamo a mis hermanas y a mi hermano. Mas me detengo al verlos silenciosos con aire interrogante. De repente no aparentan ser ellos los que busco.
¡No conozco estas caras familiares!
Ni esa expresión cansada, sondeadora, que se enfrenta conmigo, como un muro que se extraña que quieran traspasarlo. ¡No sé de esas facciones ya marchitas!
Las capto con asombro. No hay recelo en sus ojos. Tal vez no se dan cuenta del cambio que han sufrido. O forman parte de una conspiración para encubrirlo.
surgen enamorados que se besan. Otros siguen el film atentamente.
¿Será, quizá, el amor lo que han logrado? ¿O sólo una muchacha a quien besar como las que yo llevo algunas veces?
Seguro que hay amor. Como el del cine, como aquel que palpita entre los libros o el que uno se imagina estando a solas.
Mas yo no tuve suerte. O persistencia. No sé de un gran amor. Sí de pequeños. Únicamente rozo nuestras nimias.
Breves, menudos cielos para el tacto, los sentidos. Tristeza que da al alma diminuto dolor. Amor pequeño.
Sólo un amor minúsculo y no obstante me creo tan capaz de un amor grande, de ese amor que aparece en libros, cine… * * * * *
igual que mi arquetipo. En las ciudades circulan por millares, por millones.
Y mi única estará entre todas ellas. No es que sea un iluso. Lo que ocurre es que no di con ella todavía.
Aún no la descubrí. Y el tiempo corre remolcando mi vida. No se espera a que acuda hasta mí la que pretendo.
Y esa presura implica más conflictos. Veo emplazar barreras y abrir fosos en llanos que estimaba inalterables. * * * * *
Ya no se acercará a mí desde el alba. Su tierna adolescencia detendrían letreros de «Prohibido», «No», «Ya es tarde».
¿De dónde llegará? Si en su figura deslumbra el mediodía, otros amores habrán puesto en su oído usados sueños. Y con cierta aprensión ambos tendríamos que perdonar minucias trascendentes.
Cubrir con alegría la tristeza de no habernos hallado el uno al otro en la estación de amar, cuando se es joven. ¿Y si nunca llegara yo a encontrarla? * * * * *
Quizás en mi pasado ella sí estaba y yo no supe verla. Está tal vez en él aún esperando y yo lo ignoro.
No es posible volver. Nada es posible. Es todo tan distinto a lo soñado. He de seguir en mi hoy. Confuso. Solo. Aislado. Limitado yo a mí mismo. * * * * *
dirigirme. Da igual un sitio que otro. Todas las direcciones se bifurcan en incomodidad o aburrimiento.
De la alta oscuridad baja la lluvia tropezando en las ráfagas del aire y se agarra al cabello, manos, traje…
Es bueno caminar en la llovizna. Es bueno andar despacio bajo el agua. Sin rumbo uno asimismo, lluvia y viento, como agua y soplo, nada, por la calle.
de un bar en una esquina. Hasta mí arriba mi nombre que me busca entre la lluvia.
Es grato oír el nombre que uno lleva.
Es grato descubrir que uno aún importa. Que importa a sus amigos que le llaman cuando pasa uno andando por la calle. * * * * *
de su piel, tan suavísima, en la mía.
Qué agradable es tener una mujer.
Y qué grato el cansancio placentero que adormece la sangre dulcemente. * * * * *
meses en este incómodo camastro.
Junto a mí se da vuelta una mujer. Duerme profundamente. No sonríe.
Miro el reloj. Las cuatro menos cinco. No es bonita. No es joven. ¿Cómo pude acostarme con ella si a mejores yo rechacé otras veces? Me levanto.
Debía estar borracho. Aún otro día perdido, malogrado. Como siempre.
En silencio me visto y al marcharme ella sigue en letargo. Ronca un poco. * * * * *
despacio, descontento, taciturno. Tan sólo un pensamiento me conforta:
Las casas están llenas de frustrados. De seres, como yo, sin aptitudes para ser singulares en enjambres pese a aspirar brillara su luz propia.
Y poco a poco fueron acogiéndose a un amor, profesión, final destino que no era el que anhelaran. Y están solos. * * * * *
mutuamente, eludiéndonos, sombríos. Está cansado. Noto su cansancio. Antes no me cansaba con mi cuerpo.
Le miro en el espejo. Está en silencio. Abatido. Presume su derrota. Pesaroso. Le escupo varias veces. Tal vez me compadece y le doy lástima.
Acaso me comprende y me disculpa. Quizás él también sufre al conocerse indeseado en mí y juzga que es inútil pretender que tolere su presencia.
Le aborrezco, es verdad. Y mi desprecio se extiende por su rostro palidísimo como áspera maleza por el monte. Y golpeo el cristal que me lo muestra.
Hasta que le hago huir de mi mirada sangrándole las manos. ¿O son mías, por el dolor que corre entre los dedos y vocifera alertas a mi mente?
Pero está ahí, en el suelo. En mil lugares se distingue su faz atribulada que me observa. Y transforma su expresión en la actitud absorta que era mía.
Acostado en la cama la examino. Las sábanas la sorben dulcemente con la quieta avidez de su blancura.
Brota incesantemente. A borbotones. Tibia y curiosa asoma a mis muñecas y escapa presurosa de mis manos.
Son manos de vencido. Ellas debían coger la gloria, amor, coger dinero. Un día las creí capaces de ello.
Pero nada aprehendieron. No eran hábiles. O el empeño excedió su exigua fuerza. Pobres manos humildes y vacías.
Tiemblan un poco. Tiemblan asustadas. Asustadas y débiles parecen pedir excusas porque son mediocres.
Les sonrío a mis manos. Las levanto y las uno. Las siento desvalidas. Y atisbo como repta sigiloso ese zumo tan rojo de la vida. De “Destrucción de la mañana”